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Cuando me quedo pensando –en realidad, huyendo de mis preocupaciones–, creo que uno debería nacer en democracia y tenerla en la sangre para practicarla luego en la vida adulta.
Y es que democracia implica muchos sacrificios y renuncias. Contradecirse internamente, negarse y estar educado para ello. Es un ceder a la bonhomía y tolerar la convivencia. Otorgarle un turno al otro, en especie de frente nacional, que tan criticado fue en el análisis histórico de nuestro tiempo. Misión en legítima esencia democrática cumplieron los entonces líderes Lleras y Gómez, quienes le permitieron al país una pausa en la lucha partidista. Cumplidos 16 años, impacientes tercerías retornaron a la furia de sus ímpetus y encendieron una vez más el fuego en que vivimos sin una paz ni total ni parcial.
Difícil, imposible, diría yo, comenzar la vida, la primera educación de juventud, entre el ruido de las armas y en la violencia sectaria para luego jurar en falso el acomodarse a la ley que precisamente ha combatido.

Bella para mis ojos la imagen del niño de John Kennedy, John John, haciéndole parada militar al cuerpo inerte de su padre, el muy demócrata presidente de los Estados Unidos. Niño muy bien nacido demócrata, quien pretendió seguir la carrera de su padre y quien posiblemente fue también ultimado por enemigos de la tolerancia política.
Y no se diga que era el hijo del poder económico y del sector aristócrata de la vida ciudadana. Otros casos se han dado en los extremos de la marginalidad social que han repuntado sin resentimientos, en favor de los principios políticos de convivencia en la acción pública.
Tenemos para mostrar el caso de don Marco Fidel Suárez, nacido en la cuna más humilde que se pudiera dar, en Bello, población antioqueña –se exhibe en museo la choza de su nacimiento–, niño que no creció en la amargura del odio de clase, sino en el respeto a las instituciones de origen democrático, que lo condujeron a la presidencia de la república. Y lo mismo se diga de Jorge Eliécer Gaitán, nacido en humilde poblado y criado en pobreza por su madre educadora, llevado luego por los hechos de su madurez culta e inteligente a ser un dirigente popular vigoroso y no violento. Las fuerzas de la antidemocracia, contradiciendo sus propios postulados, lo sacaron del camino, que es otra forma de leer su trágica historia. Al Mahatma Gandhi un fácil pistoletazo, como a Gaitán, lo sacó igualmente de su carrera de ayunos por la paz y la no-violencia.
La democracia seguirá siendo combatida por fuerzas cobardes y ventajosas, amparadas por la oscuridad y el engaño (pistoletazos a una salida de oficina, entre un tumulto, hasta en un desfile militar). Lo que es casi imposible es que alguien que se ha levantado en armas en contra de principios liberales sea garantía de paz y armonía social.
