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El aforado y los desaforados

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Lorenzo Madrigal
10 de agosto de 2020 - 05:01 a. m.
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Si alguien debe tener la condición de aforado más que ningún otro es quien ha ejercido la presidencia de la República, el más alto cargo, el más alto honor y el más representativo de la democracia.

Cuántos ciudadanos eligieron a este solo hombre, que una vez posesionado representó al país entero. No me ha parecido apropiado deshonrar su imagen, que internacionalmente prefigura a la nación. Mucho menos si lo hacen enemigos políticos, cuyos odios desaforados trascienden hasta las altas cortes.

Ocho años gobernó el país Álvaro Uribe Vélez, muy a pesar de algunos, pero finalmente ratificado hasta el final de su discutido mandato por un altísimo rating de aprobación. “Irremplazable” y “el mejor presidente de la historia”, lo denominaron los Santos, entonces dueños de la opinión nacional. Me pareció asunto de mala crianza que fuera recibido en el Congreso, a donde regresó democráticamente, con un insultante epíteto (“sanguijuela”, lo llamó quien hoy gobierna Bogotá y para aquel entonces intercambiaba afectuosos saludos ante las cámaras con el senador Iván Cepeda, protagonista del acoso judicial que hoy se libra contra el expresidente).

Pero más allá de las vulgares expresiones en el Senado, los episodios de hoy cumplen con la que parece haber sido una consigna de las fuerzas de izquierda contra el exmandatario, la de reducirlo a prisión infamante, oprobiosa para el propio país que gobernó.

Sin que ello sea en modo alguno significativo, viene a cuento decir que discutí a Uribe en el poder, pero no le he caído en gavilla cuando, sin la aureola del mando, se ha batido por sus causas y contradicciones. Soy presidencialista por principios y sentimientos de patria. Muy fastidiado de ver profanados los símbolos de un país en la figura de sus gobernantes, sea Panamá en Noriega, a manos del imperio; o Fujimori, abatido en cárcel destructora de su ser físico; o Pinochet, detenido en el extranjero; o Lula; o Rousseff; o el rumano Ceaucescu, baleado desde un tejado por sus ajusticiantes, o cuantos son vilipendiados por multitudes veleidosas. El fusilamiento de los zares de Rusia dio comienzo, en la era moderna, a estos regicidios.

Lo que más ofende en el caso Uribe Vélez es que quienes lo juzgan carecen de competencia. Y me explico: puede permitirlo la ley, pero no debiera hacerlo, mucho menos con la interferencia de odios y retaliaciones políticas que no se salvan con decir que no se trata de los mismos magistrados de viejos enfrentamientos. Tampoco, con el único argumento, fuerte en su limitación expresiva, de no estar nadie por encima de la ley.

Un jefe de Estado, o quien lo ha sido, sólo debería ser juzgado en esa única condición. Fuero que le otorga el propio país político que cargó con la responsabilidad de elegirlo, reelegirlo y respaldarlo.

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