No es noticia que fidel castro haya renunciado a títulos formales, con los que adornaba periódicamente su dictadura. Nada cambia en Cuba, donde impera su hermano, “el cuba”, y rigen los estamentos de un régimen inamovible por casi cincuenta años. Sería el ejemplo perfecto para explicitar, como lo diría Álvaro Gómez (a quien mataron por decirlo) lo que es un Régimen y la necesidad imperiosa de sustituirlo en su totalidad.
En Norteamérica soplan vientos de cambio. Así sea de género, sorprendente e histórico, que estaría representado en Hillary Clinton. La hoy precandidata demócrata sería la primera mujer en la presidencia del gran país. Segunda tan importante en USA, después de Eleanora Roossevelt, quien no pretendió serlo, ni era aún el tiempo de la mujer (podían ser reinas, pero no presidentas). Hillary, quien ya ha sido huésped de la Casa Blanca, al igual que Eleanora, ocuparía el cargo de su esposo como una reiteración dinástica. Ya no encabeza las encuestas generales, caída de su pedestal, quizás, por falta de ángel, porque su simpatía se ve postiza y sus lágrimas programadas.
Cambio, ese sí mayúsculo, encarnaría Obama. Un hombre de color en la Casa Blanca. Por ahí anda una película de televisión con ese tema, que parecía inverosímil, y empieza a no serlo. “Change”, “Change” rezan carteles de propaganda y su fenómeno, dicen los analistas, es de arrastre. Reúne juventud, inexperiencia (asunto que no asusta en tiempos de modernidad), minoría racial, foraneidad. Aunque sería un triunfo de los derechos civiles y del doctor King, su exaltación podría revivir el racismo en Norteamérica. O, anticipándose a ello, hacer elegir al republicano McCain, cuya esposa ya se pelea con la de Obama.
En Colombia estamos lejos de definiciones presidenciales, pero el ejercicio de las precandidaturas está en su fina y no apunta precisamente a un cambio. La más sonada es la de Álvaro Uribe, tercera etapa, esto es, hacia la perpetuidad en el poder. Se leen opiniones en contra, aun de sus amigos y es que una cosa así sería volver añicos nuestra historia constitucional, la tradición política y dejaría una pésima referencia para futuros gobernantes.
Un nuevo y discutido intento de Uribe, pese a su altísimo rating, podría aupar, en cambio, la candidatura, tipo izquierda moderada, de Lucho Garzón, liberado de las andaderas muy limitantes del Polo, y, se me ocurre, seguido en el ticket por Clara Rojas. Óigase bien y ténganla en cuenta: Clara Rojas. Ya que aquí los secuestrados pasan directamente a los altos puestos oficiales, la popularidad de Clara (no sin Emmanuel y su adorable abuela) podría contar en el juego de las precandidaturas. Y lo haría bien.
Esto significaría un cambio, necesario por lo demás. Para enfriar las cobijas y cambiarle de lado al enfermo. Se requiere mejora en las relaciones internacionales, en la humanización de la guerra, en la solución a los desplazados, en general en lo social y muy posiblemente en otros temas. Tres períodos suenan a dictadura. Uribe - Uribe, “aguanta” dos veces, pero no tres.