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El discurso del odio

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Lorenzo Madrigal
24 de julio de 2023 - 02:05 a. m.
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Los discursos-arenga suelen ser rabiosos, con la efervescencia de un José Acevedo y Gómez en 1810; en esta ocasión era ante un auditorio de calma, apaciguado por el mar y el clima ardiente. Fue también en 20 de julio y lo pronunció el presidente en San Andrés. Estaban su padre y el ministro de Defensa con su cabellera al viento.

Gustavo Petro estaba en posesión, casi diría que poseído, de muchas razones y le estaba servida la ocasión, el lugar y la fecha patriótica para un lucimiento oratorio. Se explayó 50 minutos, que al sol de San Andrés es un buen tiempo, casi al límite de la tolerancia física. Lo que se ignoraba era que en Bogotá a casi la misma la audiencia le esperaba otra larguísima perorata.

Hubo frases de guerra interna y externa. El tema de La Haya se abordó inmediatamente. No le importó a Petro molestar a Ortega, a quien llama así, enfrentando con desafío a su país, aunque nunca en forma tan agresiva como acusó a sus antecesores colombianos, sobre todo entre los años 2001 y 2014 de modo que comprendiera a Uribe, a quien mantienen entre ceja y ceja los izquierdistas criollos.

El discurso tuvo un solo sabor todo el tiempo de su duración: la lucha de clases, personificada hasta en los juristas del mar que cuidaron nuestros intereses en la Corte Internacional de Justicia. Se les encaran sus apellidos, su clase social y tal vez los imaginan que fueran frecuentes del barrio Chapinero de Bogotá, el cual hace mucho tiempo dejó de ser exclusivo y es un modesto sector de clase media. Al orador resentido pudo parecerle en alguna época que salir a la superficie en ese entorno era propio de la alta clase, mientras él extraía bajo tierra las armas de cantón militar. ¿De dónde sacó Petro tanto resentimiento? O tal vez solamente finge para la galería o para atizar las palabras enardecidas.

Nada de lo anterior a su llegada al poder, digamos que al mundo, ha sido útil a la historia y no se diga al último resultado de la suprema Corte (CIJ). Fueron conclusiones en exclusiva debidas a su equipo, a personas de la calidad del profesor Valencia Ospina, por supuesto, si bien este venía trabajando en La Haya de tiempo atrás y con los grupos anteriores. Al enumerar a su gente (o a sus coagentes), ahí sí cobran mérito para el orador desaforado los centros universitarios de élite, por donde han transcurrido.

Por una sola frase tomada del fallo de 2012, en que la Corte parece fincar su decisión sobre los 75.000 km² de mar perdidos para Colombia en el escaso uso de esas zonas marítimas para pesca de los raizales de San Andrés y aledaños, y todo por desatención de los gobiernos colombianos, cree Petro que ello incidió en los jueces de La Haya para privarnos de ese dominio económico. Bah. Qué poco calado magistral les atribuye a tan ilustres togados. No tanta ligereza, pues, no tanto odio.

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