La expresión humana no es asunto menor.
No la reproducen fácilmente los artistas; no se repite. En la maravilla de la creación no hay dos caras iguales y no se necesita ser artista para sentir y reconocer la identidad reflejada en la expresión.
Pasan los años, dejamos de ver a las personas y, sin embargo, las identificamos, no por señas externas, ni por el cabello, que puede haber desaparecido, ni por las arrugas, que pueden haber aparecido, sino por ese algo misterioso e inasible que es la expresión propia de cada cual.
De ahí que poco se crea en los llamados retratos hablados ni tampoco en las reproducciones de origen digital, que parten de cálculos biométricos, de relatos históricos y de mediciones sobre los huesos de la cara, es decir, sobre cráneos que, por cierto, lo único que hacen es espantarnos.
Gente fetichista piensa que el mal retrato —digital— que hizo elaborar Hugo Chávez de su Libertador (del cual se enamoró por conveniencia política), es el trasunto exacto de la persona y que retirarlo, como se ha hecho de la sede de la Asamblea Nacional de Venezuela, es poco menos que agredir al Padre de la Patria.
Lo que ha expresado el aventado presidente de la corporación, don Henry Ramos Allup, es que no quiere que presida la sede una figura de mal gusto, inventada por Chávez, sino el Bolívar tradicional, el que consagró la memoria colectiva, así parezca más un César clásico que el militar caraqueño, que les dio la independencia a cinco naciones.
Es como si fuéramos a creer en la fisonomía de Jesucristo presentada por la BBC de Londres, desastroso resultado del trabajo que un médico artista, Richard Neave, realizó a base de estructuras óseas y acomodaciones digitales. Y, entre otras cosas, ¿con base en el cráneo de quién pudo haberse hecho, toda vez que Cristo resucitó? Que lo diga San Pablo.
Tampoco debió ser el profeta del cristianismo aquella esbelta figura de las películas de Zefirelli ni el divino rostro de los bucles dorados que con devoción guardaban en libros y estampas las abuelas y que no se ha ido de la imaginería actual. Bien pudo haber sido “el más hermoso de los hijos de los hombres”, según el Salmo, pero a un mismo tiempo un humilde carpintero de Nazareth, sin mayor mérito para quienes asistían a la sinagoga de Cafarnaúm.
Ni qué decir del chistoso Ecce Homo de Zaragoza, reconstruido por una anciana devota, ante el deterioro evidente del original del siglo XIX y que motivó peregrinaciones de curiosos en España. Esta señora, empoderada de paleta y pinceles, mostró padecer de un peor gusto que el del hombre fuerte venezolano, la imagen de cuyo Libertador ha sido por fortuna retirada de la sede de la Asamblea de Caracas, ahora embellecida con el aura de la libertad.