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Se dice de los aviadores siniestrados, que si no mueren en el accidente casi siempre son procesados y el hecho se atribuye de seguro a falla humana.
Pero no ocurre sólo con ellos. Se dan otros casos en que la supervivencia, que de momento es motivo de alborozo, pasados los días no lo es tanto y vienen o regresan los cobros humanos, las expresiones de odio y las retaliaciones de todo tipo. Fernando Londoño Hoyos sirva de ejemplo.
El milagro de haber quedado vivo redujo el drama del fogoso exministro, por la maledicencia, a un reclamo por un reloj de marca. Si contó de esa pérdida fue porque el periodista quiso conocer pormenores, que ahora le cobran. De la misma manera volvió a ser “el héroe de Invercolsa”, cualquier cosa que ello quiera decir en las diatribas, de otra parte enjundiosas, del abogado, columnista y amigo, Ramiro Bejarano.
El caso Langlois. Salió vivo, fue bien tratado, un secuestrado VIP, curado, retratado hasta en sus partes más nobles, alegrón y dicharachero. Filmó a la multitud que lo vitoreaba en San Isidro, Caquetá y viajó a París, con final feliz. Pero así mismo le han caído porque no fue maltratado, porque no murió, sino que botó el chaleco antibalas, se refugió y gritó que era población civil. Los twitters consabidos parecieran que lo preferían muerto. Triunfó la vida, se salvó el periodismo. No porque otros muchos sigan secuestrados debemos dejar de celebrar que este colega haya regresado incólume.
Quedó vivo Sigifredo López, del patíbulo que instaló la guerrilla contra los diputados del Valle. Pareció raro que quedara a salvo y bien pudo tratarse de un juego táctico de los verdugos para no indisponerse con la población de Pradera, de donde es oriundo, o lo que revelan los computadores desencriptados, que se hallaba castigado, aparte del grupo.
Vivo lo sorprendió la Fiscalía nueva y le han tejido la más criminal de todas las historias criminales. Si es verdad, no es verosímil. El fiscal se fio de las investigaciones policivas y procedió a la captura. Imposible saber en qué vaya a terminar el drama de Sigifredo y su compungida familia.
Los muertos del Valle, que suplicaron por su vida al inconmovible gobierno de entonces (que no los mató, pero tampoco los rescató, en alguna forma posible), esos muertos del Valle, descansan en paz. No vieron la luz de la libertad, pero estoy seguro de que llegaron a una tranquila y desconocida dimensión.
Sobrevivir no es siempre lo mejor. Y no es que Lorenzo sea partidario de la peligrosa eutanasia o de los doctores-muerte. No. La vejez es una forma aceptable de concluir la vida natural, preferible si nos es dada en “entera salud y con inteligencia”, conforme lo cantó el poeta latino —suplicante de Apolo—, el cual concluye de esta manera su Oda: “... Y no me des llevar la vejez sin decoro o sin lira poética”.
