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El quijote de las marchas

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Lorenzo Madrigal
08 de mayo de 2023 - 02:05 a. m.
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Es así como se autoproclama el presidente de Colombia, de viaje oficial por la España cervantina. Suena bien y tiene su relativo mérito, cómo no, aunque nunca se le vio encabezando el tan gratuitamente llamado estallido social. Él estaba ahí, es lo cierto, tras bambalinas. Sus peroratas inflamaban los espíritus del desorden, pero, a decir verdad, los desafíos a la autoridad, la destrucción del equipamiento urbano, la provocación a la peligrosa reacción policial, en especial de las tanquetas del Esmad cuyos disparos no eran de agua, nada de eso le es atribuible al quijote de marras, pues él estaba en ello, pero no estaba.

Como el hombre inocente, desvirolado, inducido por libros de caballería que lo condujeran por caminos ilusos de ensueños fallidos, se quisiera mirar ahora el revolucionario exitoso, queriendo justificar excesos violentos. Así han sido sus discursos ante organismos internacionales. Frente a gente tan culta y bien vestida, condecorado él mismo, sin proponérselo, con la medalla de Isabel la Católica, no puede menos que darles explicación justiciera a sus hazañas, que emprendió en la adolescencia, yo imagino que a edad en que no sabía mucho por qué. Dar a entender, por ejemplo, que a la Carta Democrática de la organización hemisférica le faltaban capítulos de inefables derechos y que ello lo habría inducido a levantarse en armas es lavar una historia y ennoblecerla con toques novelescos.

Hoy claro que emociona a la juventud, y aun a los mayores, hacerse traer, con fuerza de autoridad acabada de adquirir en democracia, la espada del Libertador (o una muy parecida y hermosamente pintada luego por el dibujante Betto en sus comentarios gráficos) y así mismo emociona ver al dirigente popular que resiste a vestirse de alamares diplomáticos ni siquiera para representar a su nación que, a la final, queda pobremente arropada en la obligada comparación con sus pares.

Me ha parecido un error común disfrazarse de peón, el más bajo, para dar la apariencia de igualdad. Se vivió en la historia con los llamados sacerdotes obreros en Francia, cuando se quiso acercar las convicciones religiosas al alma y al sentir popular. No, curiosamente no, el tantas veces denominado pueblo, que somos, goza con ver a sus líderes exaltados, dignificados, si nos representan que sea para orgullo legítimamente conquistado. Es que lo dice, claro que en forma agresiva, la señora Francia, desde su helicóptero: fui sirvienta (son sus términos) y ahora soy vicepresidenta de la República, ¡y sufran!

Volviendo al Quijote, mucho ganaría quien con él se compara para justificar hazañas de juventud que hicieron daño —y no a molinos de viento— si imitara a Sancho, quien cabalgó con el héroe y luego fue pragmático gobernador de la ínsula Barataria, en lo sensato, ecuánime y justo.

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