…es la paz, en frase del benemérito Benito Juárez.
Ahora, cuando tanto se habla de una paz genérica, con la que todos estamos forzosamente de acuerdo, conviene esclarecer cuál paz queremos, porque la hay de mil formas y maneras.
Si el derecho ajeno es la paz, definida por Juárez, es un derecho de todos —mío y del otro y por tanto ajeno—, el del libre pensamiento y la libre expresión. Si hay censura, se está irrespetando esa facultad que va unida a la de elegir gobernantes y confesión religiosa.
El derecho a ejercer la oposición a un gobierno es otra de las más exigentes garantías de la vida social. No hay paz, por ejemplo, donde el principal líder de la oposición está recluido en una mazmorra del régimen y donde muchos jóvenes contestatarios sufren igual pérdida de su libertad y dignidad, por haberse manifestado en contra de una autoridad injusta.
El ejercicio libre y honrado del comercio, vigilado por las autoridades, es uno más de los derechos ciudadanos. Restringir la movilidad de los bienes, particularmente alimentarios, sin que el Estado pueda suplir las deficiencias, es negarles a todos el derecho a la subsistencia y en ese estado de cosas se está negando la paz.
El derecho a la seguridad ciudadana, a caminar sin ser asaltado, en convivencia pacífica y con el mediato respaldo de una autoridad honrada, es primordial factor de paz. Los regímenes totalitarios, a los cuales nos aproximamos, no garantizan precisamente este discurrir pacífico, como en los pueblos civilizados. A ver si la cacareada paz que se nos propone, sin alternativa distinta de la concebida en cenáculo exclusivo, es la que respeta estos derechos propios y ajenos, esto es, los de todos los asociados.
El derecho a la propiedad es también un derecho ajeno, así como propio, por su mismo nombre. El Estado que atropella lo conseguido con el trabajo honrado por los particulares o por los asociados que aseguran los derechos sociales, no está garantizando la paz. Bajo los alaridos de “¡exprópiese!”, ciertos gobiernos, que son modelo de socialismo, hieren la paz, así nos maravillemos por el mero hecho de estrechar la mano con el adversario violento, que se nutre de tales ejemplos.
Qué más respeto al derecho ajeno que permitirles a todos y a cada uno el libre desarrollo de su personalidad, como está en nuestra Constitución y no se sabe si en la que vendrá en reemplazo, producto de la paz negociada. Y el de permitir que los padres de familia eduquen a sus hijos y no que el Estado los tome para sí y los conduzca a sus fines totalitarios y subyugantes. El derecho a tener y consolidar un hogar, donde educar a los hijos podría ser el principal de todos los derechos propios y ajenos, y de su ineludible respeto depende la paz.