Alegría, alegría, alegría, como exclamaría Barba Jacob. Todos la sentimos por la liberación, al parecer en buen estado físico, de Consuelo de Perdomo y de Clara Rojas, la querida madre de Emmanuel. Pero embarga asimismo una honda tristeza por la capitalización política del acto humanitario y por la fiesta de rescatados y familiares colombianos en el palacio de Miraflores, de donde han salido los peores denuestos en contra de Colombia y de su gobierno.
El Gobierno nacional ha sido un factor pasivo y tolerante, para no estorbar lo que es de naturaleza urgente: abrir la puerta de un infame cautiverio y permitir que salgan a la luz de la libertad al menos dos de las numerosas víctimas. Venezuela ha sido el factor activo, gracias a que no ha sufrido los embates guerrilleros y, por el contrario, ha mantenido una extraña cercanía con la ideología y los móviles de quienes perpetran crímenes de lesa humanidad, como son el secuestro y el asesinato en indefensión.
Frustrado el montaje de película para lo que se denominó la operación Emmanuel, niño que se hallaba protegido por el Estado colombiano, sin que éste lo supiera y menos la guerrilla, y ante el desaire espantoso que las Farc inferían con su falsedad al presidente Chávez, la guerrilla se vio forzada a liberar, sin demora ni exigencias de despeje, a las dos damas cautivas. El niño se les había salido definitivamente de las manos.
Pero el show había que intentarlo de nuevo, aun sin guiones de Oliver Stone ni Kirchner y esta vez por medio de cámaras encadenadas con Telesur. Allí Rodríguez Chacín, oculto su rostro bajo gafas oscuras y visera, todos de rojo (un bermellón entre chavista y Cruz Roja); Piedad Córdoba igualmente encendida en una sudadera estrecha. Cordiales abrazos y besos en las selvas del Guaviare, a sólo dos kilómetros de la tropa, según dijo el ministro colombiano de Defensa, como si conociera muy bien las coordenadas.
Es explicable la euforia de todos en esta entrega por las Farc de su mercancía humana. Reciprocidades. Pase del teléfono satelital de Chacín al comandante de la escuadra para comunicarse con el presidente Chávez y despedida del ministro venezolano del Interior con un “cuente con nosotros”, dirigido al jefe guerrillero.
No podría reprocharse a las liberadas que le prodigaran sonrisas a su presidente benefactor. Pero deslucida sonrisa de quienes pasaban de un infame y prolongado secuestro de cadenas y alambradas a un compromiso de sujeción moral. Recibir los besos de Chávez, del mismo que se ha ensañado en contra de Colombia y su presidente, es posiblemente un costo alto por verse libres, como es su fundamental derecho humano.
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Gracias, gracias, gracias, no sé si cuatro o cinco veces le dio las gracias el presidente Uribe a su colega Chávez, el libertador. Olvidó que era un “indigno”, que “Colombia merecía otro presidente”, que era un “lacayo y peón del imperio” y que había sido un mal amigo que le había volteado la cara en Santiago de Chile. ¿Peleas de adolescentes?