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El fracaso de una obra de ingeniería, de un alcance que sobrepasa toda dimensión unipersonal, producto de múltiples factores, especialmente técnicos, no puede atribuirse a un funcionario político. En el caso Fajardo se encontró oportuno, especialmente oportuno, caerle al personaje cuando el primer rating de las encuestas presidenciales lo disparó, encabezando y por encima del más popular del momento.
Se volvió costumbre en Colombia que la lucha política se dirija y concluya en los estrados judiciales. Los juicios, tocados de política, lo que debería constituir un impedimento, están a la orden del día, en parte como efecto de la corrupción reinante. Pero no en todos los casos es asunto de corrupción, no en el caso Fajardo, sino del aprovechamiento de los enemigos para enlodar al más limpio o por lo menos para complicarlo con responsabilidades administrativas de índole complejísima.
Son distintas y distantes las voces que se acumulan para defender de la Contraloría sobrepasada al exgobernador de Antioquia, cuando su evidente popularidad lo llevaba en hombros a la Presidencia de la República; un caso cercano a la aclamación. Su condición independiente, sin ser extracción de círculo alguno de la vieja política, exasperó a muchos, a los que escogen candidatos, a los que se adueñaron de la protesta reciente y a los viejos enemigos del tiempo de sus gobiernos locales; la aceptación de Fajardo ha trascendido a la vida nacional. Su alta votación en Bogotá no tiene otra explicación: Fajardo es fenómeno nacional y podría pensarse que hubo intención de torpedearlo a última hora.

La situación política y aun jurídica se torna compleja, pues el candidato objetado y excluido por voluntad de censores administrativos y judiciales se ha levantado en rebeldía y en defensa de sus intereses legítimos a la acción política. Acude ahora a instancias internacionales que en otra ocasión han servido a la izquierda política frente a la Procuraduría de la Nación. Es de prever que este hombre de centroizquierda adquiera igual salvamento.
Se podría hacer un ejercicio de a quién no le conviene la permanencia de Sergio Fajardo en el abanico de presidenciables: a Gustavo Petro, porque en segunda vuelta le puede ganar y ello se vio en las primeras encuestas; a Álvaro Uribe, porque no es de su elección personal, a lo que está acostumbrado. Ya vemos que Fajardo competirá con quien va a oponerse seguramente a la extrema izquierda (de la que no se tiene regreso, llegando al poder); opositores ambos del extremismo, uno, el exgobernador, el más popular, y otro, el exrector Alejandro Gaviria, de igual manera muy aceptado, pero apenas conocido.
Un precandidato ha sido eliminado descaradamente de la contienda electoral y no deja de causar sospechas tan inusitado intervencionismo judicial en lo político.
