El barrio de Villa Campestre, en Barranquilla, se colmó de autos, muy disímiles, por cierto, que conformaban la caravana del presidente Gustavo Petro, presente en la ciudad para visitar a su hijo recluido en casa por cárcel por arreglos con la justicia.
Todo es imaginario, sugerido por las imágenes televisadas: no se sabe si la casa da directamente a la calle o si esos muros amparan un conjunto de residencias. Un auto ingresa con el jefe de Estado; parece un conjunto. Seguiría el abrazo, el beso varonil, las lágrimas (no es para menos: el uno en la cumbre dorada, finalmente conseguida; el otro, el niño dañino, que pateó el tablero...
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