El barrio de Villa Campestre, en Barranquilla, se colmó de autos, muy disímiles, por cierto, que conformaban la caravana del presidente Gustavo Petro, presente en la ciudad para visitar a su hijo recluido en casa por cárcel por arreglos con la justicia.
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Todo es imaginario, sugerido por las imágenes televisadas: no se sabe si la casa da directamente a la calle o si esos muros amparan un conjunto de residencias. Un auto ingresa con el jefe de Estado; parece un conjunto. Seguiría el abrazo, el beso varonil, las lágrimas (no es para menos: el uno en la cumbre dorada, finalmente conseguida; el otro, el niño dañino, que pateó el tablero y quebró la vajilla). ¿Por qué me hiciste eso? Y el daño está hecho.
Que no hablaron de política, dice el comunicado. ¿Cuándo un padre habla con su hijo de política? Sí platicaron de esto y de aquello y de las vías judiciales. Tremendo lío para el padre, gran dómine del país, sacar a su hijo entrañable, más adorable si no lo crio, de semejante enredo sin que se note. Sácalo, sácalo y a los demás. Sobre todo si fueron inducidos a los hechos indebidos. Asume tú solo las consecuencias.
Una opción es dejar el poder si quedó tocado de ilegitimidad. Sugerir nuevas elecciones sin la trampa del dinero ilícito, que le roba toda ventaja al adversario. No se apele a la vicepresidenta igualmente ilegítima, de llegarse a extremos de plena prueba y comprobaciones. Otra vez echar los dados, no caer en improvisados gobernadores, puñeteros, insensatos y divertidos. La alta votación por este rival tuvo mucho que ver con el gran sentido del humor del pueblo colombiano y con la situación de alternativa desesperada en que se encontró.
O sigamos con el señor Petro. Difícil será quedar convencidos de que todo lo ocurrido fue a sus espaldas, que fue inocente improvisación del muchacho, recién llegado a un mundo de fantasías y éxitos nunca soñados. Difícil pensar que no estaba autorizado para buscar los fines de una campaña a todo dar y del ahora o nunca. Quédese entonces en el poder cuestionado como un cristal de roca vencido por dentro. Es el poder; aún resuenan los himnos; los habrá que siguen creyendo. Las caravanas de autos aún rodarán multicolores con él adentro, allá va el presidente, paso al rey que ha de pasar; un niño dirá: Miren al rey, va desnudo.
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Todo regresa. Laura Sarabia retorna a la Casa de Nariño. Las voces de consuelo que le expresaron en su momento doloroso se cumplen ahora en tiempo frío. Rugirá de nuevo Benedetti. Pasado un tiempo más, regresará Nicolás. La visita paterna será de gran aliento para los días de benevolente prisión. Ser hijo del poder en Colombia, y en todo el mundo, es gran ventaja que será inseparable de la democracia y no se diga de la autocracia.