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Entregando colaboraciones con demasiada anticipación, acostumbrado a esta capitis deminutio (o descabezada) que significa eso en el periodismo, vivo con alguna parsimonia y relativa tranquilidad. Leo con envidia escritores de prensa como Juan Pablo Calvás, en El Tiempo, o Pascual Gaviria, en este diario, frescos, oportunos, y me complazco de ello.
Miro el horizonte despejado un poco de la amenaza de Petro en el poder; por más que el colombianólogo Malcolm Deas, con flema inglesa, analice la situación nuestra como muy distinta de la de Venezuela, por el poder ínsito de nuestra opinión pública y por la fuerza de nuestras instituciones, otros vemos la llegada de la extrema izquierda prosoviética como algo sin posible retorno y, por lo tanto, como la catástrofe y el abismo. No es seguro que este hombre nuevo —y, casualmente, viejo— que se llama, este sí tiene que decirlo, Rodolfo Hernández, quien puntea en las encuestas que han seguido a las primarias presidenciales, llegue al solio de Bolívar. Pero algo se ha reflejado en la bolsa y en el dólar, muy seguros en sus rápidas intuiciones.

Yo aquí (como llamaba a su mínima finca el muy querido Alberto Mendoza), enterado, observo el devenir, tocado por el sol sabanero. Pienso en el gran fracaso que vivirían los recién llegados a la sombra del victorioso líder extremo: los ya muy nombrados Roy y Benedetti (binomio), Alfonso Prada y, detrás de él, el propio expresidente Santos, más Alejandro Gaviria, de tantas esperanzas, y otros que ya empacaban no para salir del país, sino para sumarse al carro de la victoria petrista, que aún no se descarta.
Me había prometido, al oído de mis más cercanos, aceptar un candidato distinto de Petro con gran facilidad, pensando en que cualquiera otro, elegido democráticamente, respetaría las instituciones, que sí las creo fuertes, a cambio del sector que anuncia permanencias en el poder de hasta 12 o más años, mientras se cumplen propósitos autocráticos.
Es muy divertido, pero no es muy confiable el contendor de Petro, tan ligero y zumbón y, de paso, si llegare a cumplir lo prometido, tan autoritario y unipersonal, pero es, sin duda, un hombre removible por la misma vía democrática, por la que resulte elegido. ¿Qué se prefiere: un Maduro, un Ortega, un Petro inamovibles o un Hernández mutable, de darse el caso de removerlo, como hubo de sacarse a Bucaram de Ecuador o como se desechó la reelección de Trump en Norteamérica?
Cuando me detengo a mirar en el cielo de la sabana el paso de los aviones, en actitud casi decrépita, los veo dar la vuelta en el firmamento. Los que habían partido por efecto de la cláusula aquella y por los temores a un odio de clases toman el retorno por si llega alguien que deje vivir sin rencores y permita recomponer la vida de los desfavorecidos con certeza y con amor no fingidos.
