Aunque algunos no creen en las historias sagradas —reforzadas con ingenuidad noble y sana—, otros muchos tenemos por ellas la misma devoción religiosa en la cual nos criamos. Los días de la Navidad se actualizan de un momento para otro. Una vez más las figuras clásicas del llamado nacimiento; el bebé en posición decúbito dorsal, cruzando piernas al aire, para ser colocado entre pajas en un portal imaginario.
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Es tiempo de recuerdos. Cuando ya tenía redactado en la mente un escrito como este, leí para mi desgracia al insuperable Eduardo Escobar, con deliciosa historia de su infancia y juventud. Imposible emular con un escritor nato, por el cual mantengo especial afición. Su azarosa adolescencia está descrita de manera cautivante. Mi sencillo relato, que podrá llamarse El niño del tranvía de lata, ya estuvo contado, aunque a mí no se me va de las neuronas, especialmente si lo asocio con la memoria persistente de mi querido y protector hermano Javier, fallecido el año 2015.
De mis más antiguos recuerdos, avivados por la vejez, el que permanece con su colorido rojo y amarillo es el de este tranvía de lata y madera, del que me antojé en una plaza de mercado de Medellín. Lo describo: medía unos 50 centímetros de largo y rodaba, lógicamente. Mi mente había evolucionado; de los autos, mi preferencia de niño había pasado a estos hermosos vagones artesanales, trasunto de los que nos transportaban sin tumulto y al vaivén de los rieles. El único acontecimiento era que se zafaran los cables y el motorista debiera ajustarlos nuevamente, en medio de un chisporroteo que nos divertía. Ah, el Medellín de entonces y el de ahora, hay que decirlo.
La historia del tranvía de lata viene asociada con el recuerdo de mi hermano mayor, conocido en su adultez como el padre Javier, quien, sin el propósito de disipar mi creencia en los traídos del Niño, pasó con el cacharro desenvuelto por frente de mi alcoba, rumbo a convertirse en sorpresa la noche de Navidad. No fui niño de creer en los traídos, porque había sido testigo de los cálculos económicos para que me llegaran los objetos soñados. Javier arruinó al pasar cualquier sorpresa, porque yo, sin dormir, advertí a ese Papá Noel cuando cruzó hacia el sitio de los empaques y, quizás, del árbol.
De la admiración y uso del tranvía pasé, no sé cuándo, a la bicicleta, la de barra inclinada, de mujer, pues nunca alcancé a dar el salto sobre las de barra alta. Las que hoy veo son más amigables con la entrepierna de los varones. En cicla iba y venía, de la casa al colegio de San Ignacio, sin mayor peligro, salvo el de resbalar sobre los rieles, ya que se compartía espacio y unos eran los tranvías chispeantes, otros los autos y camiones, y al tiempo las ciclorrutas.
Entre tanto nacía el Niño Dios, para nuestra fe de entonces y la de hoy.