Con buen sonido, el viejo Loren se sentó a escuchar la intervención del expresidente Uribe en W Radio. Quien escucha no es conocedor de la ciencia económica: no la entiende, pero sí la atiende. Piensa Lorenzo que para conocedores debe ser divertido manejar las variables y la imprecisión de lo económico, en que los iniciados se enfrascan, y se olvidan de quienes padecen, a sol y sombra, las consecuencias prácticas de los argumentos. Quiero decir, cuando se traducen en pan y cebolla.
Escribo el día mismo de la protesta anunciada como desborde social, hoy con la bandera de la reforma tributaria del gobierno Duque a la que hay que oponerse para no desaprovechar tan apetitoso suicidio político. “Si no aprovecháis estos momentos de efervescencia y calor, mirad los impuestos que os esperan”, proclamaría un nuevo Acevedo y Gómez desde la Casa del Florero, hoy todavía en pie, haciendo esquina de plaza como antaño.
Acosado por Félix de Bedout (“doctor Félix”, lo llama melosamente el expresidente), Uribe no responde al acontecimiento del día, a las consecuencias de tantas proyecciones y ponencias; desatiende sencillamente lo que puede volverse un comienzo de revuelta.
Encerrados en penumbrosas oficinas, muy sabios economistas, que imagino como síndicos pintados por Rembrandt, hacen crujir los porcentajes, los IVA que se recuperan o no se recuperan, las cosas del mercado diario que son exentas o excluidas, los servicios públicos, los gravámenes a la base y muchos pormenores fiscales. Allí están, con bombillas encendidas en pleno día; si miraran por la ventana y vieran los comercios cerrados, la inseguridad ciudadana de a pie, la alcaldía ineficiente y desobedecida, tal vez se dieran cuenta de que una cosa es la ciencia económica y otra su percepción desde afuera, que no admite análisis.
Si el señor presidente Duque, en vez de hablar todos los días (“a esta misma hora”), hubiese calculado mejor el gasto de lo que ofrecía por la emergencia, pero “con la plata del míster”, no tendría que recabarlo ahora de todos los colombianos, de los acomodados y de los hambrientos, sin tocar, señor presidente, los gastos públicos sobrantes, que los debe haber, los costos militares (qué le hacemos, si no es el momento de la guerra), la burocracia excesiva y todo aquello que sugiere Juan Camilo Restrepo capaz de conjugar los $5 billones que demanda la asistencia social inmediata.
Uribe está ciego, ya el daño está hecho a su Centro Democrático y ni soñar secretamente con la candidatura de su hijo, idea que alguien lanzó como si fuera época de poderes hereditarios. Un López Michelsen, desprestigiado como hijo del Ejecutivo, debió lucharla por sí solo, hasta convertirse en el más reputado constitucionalista y, una vez de lleno en la política, en un gran presidente de la importancia de su padre.