Herbin, Herbin, en mala hora te has ido, Herbin. Cuando las víctimas han estado desamparadas en este inicuo proceso, muere víctima de la guerra biológica el enhiesto Herbin Hoyos.
En medio de tantas mentiras, disfrazadas bajo la palabra mágica de la paz, las víctimas, las más numerosas, las que no podían ser invitadas a La Habana, las que aún estaban y están humilladas por los desafueros de sus verdugos, tenían en este periodista y activista de los derechos humanos un soporte, un “buena voluntad”, capaz de muchas cosas por ellas.
Herbin Hoyos manejó por años las llamadas Voces del Secuestro; en las madrugadas lograba comunicación radial esperanzadora entre familiares y secuestrados, desde la angustia increíble, para la cual parecían insensibles las autoridades de Bogotá. Miren que eso de clamar ante el presidente, como ante el emperador romano, los diputados del Valle: “Ave, César, los que van a morir te saludan”. Y murieron.
Mucho riesgo corrió, mucha actividad desarrolló para alzar la voz por los desamparados. Vagamente recuerdo sus correrías en moto en las que desafiaba con su liderazgo personal la furia de los verdugos y de sus afines, que no son otros que los que simpatizan con la causa de las guerrillas y su inclemente violencia.
A muchos enfurecía que en el discurso de los pacificadores se mencionara como tema central a las víctimas. Remediarlas, restablecerlas, decían ser meta primordial de los acuerdos de paz, lo que producía la admiración de países europeos como Noruega (la del Nobel) o de Naciones Unidas y de cuantos gobiernos sólo leían la palabra paz escrita sobre un biombo que encubría la realidad del enfrentamiento interno, el que aún persiste y de un sinnúmero de víctimas sin solución.
Cómo llorarán a Herbin las personas que han sufrido en carne propia el drama colombiano, las que vieron en él una tabla de salvación, pero también cuantos admiraban en él al que se lanzaba al ruedo por otros, que miraban —miramos— cobardemente el accionar violento.
Víctimas ha habido que, transportadas a La Habana, aun habiendo sufrido el asesinato de su madre y hermanos, han tenido por reparación, en un salón de pencas de Raúl Castro, con la señora Bachelet saludando efusivamente a la concurrencia, recibir una palmadita en la espalda y en leve susurro: “fue un error, nos equivocamos”.
El general Mendieta, quien acompañó a sus hombres en cautiverio e irreparable humillación militar, como todo lo descrito a última hora por la JEP —con el contrafómeque que creyó necesario aplicarle a Uribe—, sólo ha tenido la indiferencia de la ciudadanía que no lo acompañó en las urnas; él y las personas que encabeza son uno más de esos grupos abandonados a su suerte.
Muerto Herbin Hoyos, las víctimas del inefable proceso han quedado huérfanas y seguirán llorando a solas ante el cenizario del héroe.