Así proclaman los narradores de fútbol cuando uno de los episodios de este deporte llega a su final. A mí me estremece esa frase tan decisiva, tan sin remedio; lo que pasó pasó. Una patada mal dada (pobres muchachos en semejante tensión) en un solo instante determina las suerte de un país, con presidente a bordo, como fue el caso de Francia el día final del Mundial Catar 2022.
El año terminó. Como si quisiéramos asir a un pez resbaloso. Qué error de espanto, a mi juicio y el de muchos —medio país contabilizado—, fue darle paso a la tenebrosa izquierda, la más extrema en nuestro país, luego de haber sido el baluarte de América, en representación de los valores occidentales de democracia y libertades públicas. Pero así fue.
Y la historia se escribirá con hombres de la más alta alcurnia política, cuya estrecha visión local y clientelista permitió que llegara a dominar el panorama nacional su mayor enemigo político. Alguien al que hoy vemos con todos los poderes en la mano, como un diestro de torerías empoderado de los trastos de matar.
Ahora vienen tardíamente los reclamos y las sorpresas, que no lo son, porque un hombre que se formó en la lucha contra la Constitución de un país, contra su historia más aceptada y gloriosa, que hizo uso de armas destructivas, que colaboró con quienes destrozaron vidas por medio de secuestros que terminaron en asesinatos o de modo rotundo los aceptó, que ese hombre y sus colaboradores de hoy ignoren y apabullen las leyes que dizque juraron cumplir el día de su investidura revanchista.
Una pandemia que arrasó con innumerables personas y luego un Mundial de Fútbol que borró conciencias ocupadas en el deporte, sin culpar a nadie, apenas ahora dejan ver la realidad política que comienza a desarrollarse.
En la desolación de la Casa de Nariño, con sus “dueñas” asomadas por las puertas de madera solemne, apenas si se percibe el cambio que llega. Una sustitución de la justicia por cuatro o cinco ministros, una decisión autocrática —la primera— de liberación de detenidos, proferida a sus anchas por el actual jefe supremo, desmadejado en una silla victoriana, y esto para liberar a un grupo que fue de su causa, son una muestra de lo que comienza a ser el nuevo estilo de gobierno.
Bien sospechábamos que sería imitación de los homólogos de la región, francamente de izquierda procomunista y de sus decisiones dictatoriales. La débil y sumisa clase política que venía gobernando el país todavía no parece entrever por dónde van las cosas. Hombres como Prada, o ministros de apellido libertario, exmagistrados por más detalles, y perdóneseme, más otros del puro establecimiento empiezan a cohonestar desafueros contra los cuales ya hoy reclama el Poder Judicial, el auténtico, el mismo que en el orden de suposiciones negativas tal vez veamos sustituido.