Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Sorprende la manera como se está poniendo a salvo de cualquier peligro la candidatura de Gustavo Petro. Desde tres o cuatro meses atrás se está alegando fraude de modo que, si se produce una debacle en las urnas, el camino está trillado, puede decirse que se impidió de forma arbitraria la llegada de este líder populista y de extrema izquierda al mando supremo de la nación. Ya se le menciona al lado de Salvador Allende y de Gaitán.
Por su parte, el candidato, que no necesita hacer campaña, pues se la han hecho sus contrincantes, se ha dado a organizar contactos en el exterior, en especial con la izquierda europea, tan presta a socorrer a los movimientos revolucionarios que le son afines en esta América convulsa.
Pero por estos días la agenda fue curiosamente con el papa. Cual jefe de Estado, Petro llega a las estancias vaticanas cargado de regalos, de aquellos a los que obliga la reciprocidad diplomática, en este caso consistió en una hamaca (Uribe se apareció con un carriel que le colgó al enfermo Juan Pablo II, a lo que corrieron purpurados a aliviar los hombros del pontífice), incluyendo libros que justifican la sangrienta guerrilla que precedió al juego democrático, del que ahora pareciera ganador. Se quiere instruir a Francisco, si acaso los leyera, en la llamada combinación de formas de lucha como una opción legítima por la justicia social.
Falta que se asome luego por la Corte noruega, por ejemplo, donde el rey Harald, favorecedor de la izquierda, le podría dar un aval victorioso. Ya sabemos en qué forma aupó el proceso Santos, por encima del rechazo de la nación colombiana. Me temo que en Europa pronto se tendrá como elegido al excelentísimo Gustavo Petro como presidente de este país que ha vencido la guerra, la legitimidad jurídica y desconocido el orden estatuido.
Las vueltas que está dando Petro por Europa lo sacan oportunamente del debate nacional, que, como digo, ya le tiene sin cuidado. Una cosa me parece conveniente: a Petro hay que cuidarle su vida al extremo, porque hay muchos que temen que llegue al poder no sólo por sus orientaciones sociales, sino porque se atornille en el mando de una de las mil maneras que tienen los dictadores de izquierda para hacerlo y hay ejemplos vivos que nos rodean.
Más grave aún, mucho más grave, es que se impida su llegada al poder por medio de la violencia física. Energúmenos de extrema, en este caso de extrema derecha, están al acecho. El Estado, todos los ciudadanos, la fuerza pública, por supuesto, han de cuidar su vida y con ella la paz del país.
A la campaña política mezclémosle alegría. Mostrad cómo, se dirá, pues sí, es difícil. Por lo pronto es una garantía que el candidato, que tiene en ascuas al país, aproveche estas ausencias europeas no sólo para su proselitismo internacional, sino por razones de seguridad.

