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No sé si la guerra amaina, o se enardece, al calor de las palabras
altisonantes del dictador Chávez y de su eco, el presidente Correa
(Ortega llega de tercero y algo desalentado al insulto, aunque podría
ser el primero en la agresión marítima). De todos modos, se quiere
cercar a Colombia, país tradicionalista y sentimental, asaz católico,
algo lento para las reformas sociales, pero estéril para el
expansionismo chavista, como lo fue para el castrismo, en los intensos
sesenta.
A la guerra llama ahora el dictador Hugo Chávez Frías, en defensa de su socio político, ofendido por la incursión militar de Colombia en el territorio ecuatoriano. Está lista Nicaragua, ofendida por la presencia de pescadores colombianos, en el paralelo 82, donde han usado pescar en los últimos doscientos años.
Las cosas se precipitaron con la acción militar, que no se contuvo en el extremo sur del Putumayo, lindante con Sucumbíos, de Ecuador. Allí, donde ha debido parar la acción armada para no violar la frontera jurídica, el ímpetu de la guerra sobrepasó los hitos, a pocos metros del objetivo codiciado.
Un operativo militar, decía Turbay Ayala (y tenía por qué saberlo), no se puede detener, una vez iniciado. Discutible tesis, pero comparable con la velocidad de un tren expreso o con un desenfrenado amor, con los motores en marcha o con lo que antes denominaban los códigos la furia y el intenso dolor, tenidos como eximente penal.
La propia Colombia ha reconocido el error en que incurrió, en desarrollo de la acción militar desplegada en su territorio, pero en el borde fronterizo. Error por el cual se nos hace un reclamo de parte de otras naciones, como lo ha sido Colombia, regidas por el derecho, reclamo que se exacerba desde los propios gobiernos que han favorecido a los criminales perseguidos. Lástima grande que el furor descontrolado de la guerra haya dejado este boquete abierto a la crítica internacional.
Es asunto de ver, como en las Redondillas de Sor Juana Inés, la monja mejicana, quién es más de culpar ( “… aunque cualquiera mal haga”), si el que viola un territorio en mil ochocientos metros (la extensión es lo de menos) o el que tolera en el propio la presencia de campamentos agresores del vecino, que batalla por defenderse.
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Llamando a la guerra, sin ser el agredido, el coronel Chávez pronunció con voz de cuartel un doliente latinajo: que Uribe no se atreva a hacerle lo mismo a Venezuela, porque sería Causus Bellis, que él mismo tradujo como “causa de guerra”. Quién sabe de dónde sacaría la declinación tan desacertada de ambas palabras. Pero eso le daba un cierto aire de emperador romano. Los gladiadores, abajo, aceitaban su cuerpo para la pelea, Despliégueme diez batallones en la frontera, señor ministro de la Guerra. De inmediato, un recio militar de bigote, que parecía salido de la corte de Hussein, asentía con un subalterno inclinar de cabeza.
