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Iconoclastia

Lorenzo Madrigal

15 de agosto de 2021 - 10:00 p. m.

Que un mandatario o una mandataria permita el atropello de la simbología patria dice mucho de su incapacidad para gobernar un pueblo. Una cosa es denunciar como periodista, en lo que hizo su nombradía pública la actual alcaldesa de Bogotá, o increpar con insultos bajos a un congresista colega, quien además había ocupado la primera magistratura de la nación, y muy otra es tratar de manejar una metrópolis y su gente desde el solio de gobierno. Capacidades se requieren entre gerenciales y don de mando, que no todo el mundo las tiene, como si cualquier cosa. Y Claudia López no las tiene.

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El monumento a Los Héroes en Bogotá, con magna estatua ecuestre del Libertador, aparece hoy destrozado, victimizado con grafitis y hasta se piensa reconstruirlo en otro lugar, tras el atropello, la que no es una mala idea, pues el hipotético metro pasaría por ahí y vaya uno a saber si por encima de cementerios indígenas.

Foto: Héctor Osuna

La estatua de Jiménez de Quesada, escultura magnífica, que últimamente estaba al frente del Colegio Mayor del Rosario y de la avenida que lleva su nombre, sabemos que fue derribada con rara pasividad de las autoridades.

Los que derriban estatuas (iconoclastas) muestran su fuerza con este argumento vejatorio, pero también el poder que rige la ciudad, con su inacción, deja ver su debilidad por el temor a perder el visto bueno de la población rebelde. La alcaldesa, de altas aspiraciones, sabe que debe gobernar Bogotá incendiada, sin descuidar debidamente su electorado.

Esto, por una parte. De otra, vemos al Gobierno central haciendo un uso excesivo de los símbolos patrios. Ya es usual que el presidente, muy dado a las entrevistas de finalización de mandato, aparezca en cámaras con el tricolor nacional a un costado o a la espalda, por si fuera necesario indicar que es la primera autoridad de la República. La bandera es transportada al sitio donde va a dar alguna declaración. Lo que recuerda cuando le llevaron alfombras al llamado presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, para que pisara el territorio nacional sobre ellas y no sobre la hierba, luego de una travesía de aventura selvática.

No exagerar, hay que decirlo, no es bueno posar para las fotografías; sé muy bien que son los propios camarógrafos los que piden esas falsas acomodaciones y desprecian mejores captaciones espontáneas del personaje. No digo ponerles lente de pescado, pero sí mostrarlos como son.

No descarto que el sector oficial quiera hacerles contrapeso a los abusos y daños inferidos por los vándalos a las imágenes y los símbolos consagrados de la nacionalidad. Pero es ingenuo. Como se ve ridículo que el tricolor lo lleven los funcionarios de las mesas directivas del Congreso, por alto aprecio que se le tenga al poder legislativo, pero no hay que crear confusión con la condecoración habitual del presidente de la República.

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