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PERSONALISMOS POLÍTICOS Y/O CAUdillismos han existido toda la vida.
El sistema democrático se traduce en representación, pues no se concibe un tumulto legislando, mandando o impartiendo justicia. Ahora bien, la representación deviene en líderes, de tal manera que nunca son las ideas, salvo encarnadas en hombres, las que convencen y arrastran multitudes.
Extraña, sin embargo, que un nombre propio, y por lo tanto una sola persona, sea reconocida como partido. Entre nosotros ha habido lopismos, gaitanismos (el “caudillo del pueblo”, por excelencia ), llerismos y otros ismos más, pero no se les tiene como partidos sino como derivaciones de éstos; son facciones, si se quiere, dentro de los partidos, pero nunca se les inscribe como tales en el registro electoral.
El Uribismo ha sido, pues, caso aparte. Ni conservador ni liberal, solamente Uribismo y por si fuera poco registrado como partido, el Partido de la U, por ser el de Uribe, por ser esta la primera vocal de su apellido. Claro que, con un cierto pudor político, se ha querido enredarnos con la picardía, una más, de decir que no es por Uribe, sino por ser el Partido de la Unidad y de no sé qué circunloquio, como podría ser, digo yo, el Partido de muchas otras cosas que comiencen por esta letra (del Unanimismo, de la Usurpación, de la Ultraderecha y podría hacerse todo un ejercicio de palabras).
Uribe, sea como fuere, termina aprestigiado. Basta con ver cómo lo despide la prensa internacional, cómo lo invitan de Canadá para que hable ante el G8 sobre el “milagro colombiano” y cómo lo elogia el presidente electo, que se paró sobre sus hombros y lo utilizó de parapeto.
Pero no es de demócratas haberse hecho reelegir con manifiesta “desviación de poder”, como lo certificó la Corte Suprema de Justicia. Y así quedó para la historia. Ni tampoco haber sido ocasión de carcelazos para quienes promovieron su permanencia y para tantos otros seguidores y reelectores suyos. “Voten, mientras los detienen”.
Es de esperarse un cierto alivio democrático y un mayor respeto a la tridivisión de poderes, así como a la vida y a las finanzas privadas de las personas una vez comience la era Santos en la Presidencia de la República. Su trayectoria periodística ofrece motivos de esperanza civilista, aun cuando su paso por los cuarteles autónomos, ya no como grumete (cadete naval, corrijo), sino como ministro de la Defensa, pudiera haber hecho estragos en su talante libertario.
Es hostigante y oportunista el unanimismo que rodea a Santos, pero ojalá le sirva para romper el lazo de continuidad con el poderoso antecesor, de cuya progenitura más le vale zafarse, como otras veces lo ha hecho, cuando les ha guardado a sus promotores y jefes la más discreta infidelidad.
