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La capa del viejo hidalgo

Lorenzo Madrigal

01 de septiembre de 2013 - 05:00 p. m.

Es decir, la ruana. Muy de moda en estos días de primavera campesina; la llevan los altos, la llevan los chicos y los medianos, me refiero a la categoría e importancia de las personas.

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Desde el exdignatario Amaya, de la Cámara de Representantes, orgulloso de su atuendo campesino, quien la luce de continuo en honor de sus huestes; se la terció Petro, con oportunismo de gobernante de izquierda y hasta el gran Vladdo la vistió, en su programa de televisión, un poco en burla de todos, cuando entrevistó al que pintaba como marranito de ahorros, con una ranura en el dorso, esto es, a sus espaldas.

La ruana, coposa y cardada, es un abrigo envolvente y rotundo. En las tardes del campo, cuando el sol ya dio los últimos tintes de Zamora sobre la sabana de Bogotá, cae sobre nuestros hombros como un abrazo de madre. La lució repetidas veces el expresidente Ospina Pérez, acompañada de sombrero de fieltro, en la población de Guasca, cuna de sus abuelos. Calentaba sus huesos en ella el sacerdote García Herreros, entre su hilado blanco. La profanó el capo que le obsequió una nueva con intereses mezquinos.

La ruana sabanera ha estado desplegada por estos días como estandarte de revuelta; se la ha visto vertiendo la leche que quisieran los hambrientos o pisando las mandarinas arrayanas, como se pisa la uva para el vino. La protesta, que degeneró en este despilfarro, pienso que no nació del alma rural. Un actor desalmado, persiguiendo efectos políticos y visuales, indujo al escándalo. Se pudo ver cómo se disponían las canecas repletas del nutritivo líquido para que las cámaras captaran el desperdicio.

El campo, fuente de riqueza alimentaria, ha llenado de frescura por años los mercados de las ciudades y pueblos de Colombia: el olor de patria no ha sido tanto el de la guayaba, cuanto el de la cebolla y el ajo penetrante en las galerías populares o en los supermercados de élite.

Muy posiblemente envidiosos vecinos desabastecidos quisieron dañar el flujo natural de la vida de este país, que hasta ahora estaba en relativa calma, seguramente sembrada de injusticias y desprotecciones, pero no tantas como las que se preparan con el fin de extremar las contradicciones.

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La imagen brutal de la leche derramada, como en gesto de rabieta infantil, sirve a la desarticulación del orden y es un llamado a la guerra despiadada. Botemos todo por la ventana, destruyamos y destruyámonos nosotros mismos (bueno, los agitadores se colocarán a buen recaudo), para ver si se produce un cambio político, trazado sobre el odio, sobre el hambre, sobre la escasez y la muerte de unos cuantos, todo lo cual le viene bien a la causa, al igual que el humo de las llantas, las proclamas de campesinos sin mucha cara de serlo y, cómo no, las muy justas razones de una mayoría silenciosa o acaso llevada a la protesta bajo el mandato imperativo de la amenaza.

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