Creer, a un mismo tiempo que confiar, es reconocer que no sabemos, que no lo hemos visto, que no nos consta. Hay, entonces, lugar a una aproximación a lo cierto, nunca a una certeza. En lo religioso se confía en la fe de otros, de millones, en tradiciones milenarias, en la confianza que ofrecen hombres y mujeres buenos que han existido en nuestra propia raigambre familiar, valga decirlo. Se cruzan, pues, los conceptos de fe y de bondad, a su vez dignos de ser definidos al infinito.
En lo religioso se llega a estremecimientos, cuando hasta los papas dudan. “Temo al juicio de Dios”, dicen algunos porque no saben mucho de qué se trata. En un texto convertido en oración, salido de algún introito sagrado, se reza: “In te domine speravi, non confundar in aeternum” (“En ti esperé, no sea confundido eternamente”). Son dichos de incredulidad y de fe.
Pasando al capítulo de lo creíble en lo jurídico y judicial, entra la decisión personal sobre lo que es de fiar y lo que no, para basar en ello nuestra relativa confianza. En esta América se ha dado en juzgar acerbamente a los jefes de Estado o a quienes han pasado por esa jefatura, otorgándose credibilidad gratuita a cuantos ofrecen declaraciones en contra, sin estimarse el origen de la acusación o la calidad de persona que la emite. Como si estuvieran represadas en las cárceles las verdades más insondables y profundas, ocultas hasta el día glorioso en que salen a la luz de los medios. Fulano contó esta o aquella historia, reveladora como la que más, que el declarante ha podido organizar en su mente carcelaria, para revelarla como verdad incontrastable.
En el proceso a Uribe, valga decirlo, hay profusión de declaraciones de origen carcelario, de visitas una y otra vez a las celdas de los penados por parte de acusadores y defensores, más aún, de viajes al exterior en comisiones de apariencia investigativa, para finalmente concluir o precluir o no deducir nada cierto, de manera confiable.
También se ha sabido de abogados tramposos que hacen fabulosas ofertas de dinero. Llega el lector desprevenido a preguntarse: “¿Ese tal dinero se recibió? Y si se rechazó por quien es reconocido delincuente, ¿lo hizo en un acto insólito de honradez y buena conducta?”. Lo dicho, lo de costumbre hoy en día es creer en lo que revela el procesado en contra o a favor del otro procesado, el cual por ser ilustre puede ser fuente de beneficios jugosos para el delator.
Déjese a los expresidentes quietos. De ninguna manera podrá evitarse que las actuaciones contra ellos se conviertan en juicios políticos. La historia habrá de juzgarlos como tales. Y no comparemos, Uribe no es Pinochet ni Fujimori. Pertenece a la tradición de políticos deliberantes, a quienes les ha caído la jauría de una extrema izquierda sedienta de revolución y de venganza histórica.