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La historia del tranvía rojo

Lorenzo Madrigal

20 de diciembre de 2009 - 08:55 p. m.

NO TENGO INTERÉS EN SER AUTObiográfico, pero sí en contar una historia como de un niño cualquiera del medio siglo, que bien pudo ser mi propia historia.

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Ese niño, digamos de unos siete años, había visto en la plaza de mercado de Medellín, su apacible y vieja ciudad, un hermoso tranvía de latón y madera, de buen tamaño, unos cincuenta centímetros, dechado de la juguetería nacional, como la que se desplegaba en las ferias del juguete en Bogotá, unos años atrás.

Era similar al que cruzaba Buenos Aires, nombre de barrio local, por la calle de Ayacucho, ruidoso, tambaleante y seguro. No era congestionado el transporte público en la ciudad provincial, orgullosamente llamada la capital de la montaña. Lo recuerdo con nostalgia: la máquina se manejaba por medio de un control, como de bote pequeño, consistente en una barra que sólo giraba en media circunferencia. El tranvía rojo de la plaza de mercado imitaba a la perfección el frente curvo y latoso del que cruzaba Buenos Aires, con aquel su farol ciclópeo en el centro y con otro igual atrás, porque naturalmente era bifronte.

En mi hogar cristiano y sencillo se hablaba de los pedidos al Niño Dios, pero la verdad, nadie creía ni hacía creer a pie juntillas en esa fantasía hermosa. Peor aun, si la noche del veintitrés veía uno pasar al hermano mayor con el voluminoso y soñado objeto de color encendido, portándolo a dos manos, que hubieran querido ser discretas.

No sé por cuánto tiempo disfruté de mi pequeño transporte masivo ni qué fin pudo tener, al igual que los otros manoseados y apachurrados juguetes de la infancia.

Cuando veo las réplicas de los Transmilenios en poder de los niños de hoy, con su fuelle articular, no puedo menos de añorar mi tranvía no articulado, corto y perezoso, remedo del que en la vida real, colgado de cables, se deslizaba desde Miraflores, cables que se zafaban chisporroteando y que hoy sería apto para Copenhague por su escasa contaminación.

Tiempos idos, tiempos añorados, a los que se regresa, como ya lo dijo García Márquez, por la trampa de la nostalgia. Hay que vivir la vida de hoy, los más jóvenes para recordarla después con emoción y los más viejos para que nos recuerden otros con la limpieza que decanta un cierto olvido.

“¿Qué es la vida? un frenesí; ¿qué es la vida? una ilusión, un sueño, una ficción…”. Y paso de Calderón a estos octosílabos, tan emocionados como simples: “¡Qué pronto pasó la infancia, siete diciembres no más y sólo Jesús se queda siempre niño en Navidad!”.

A todos los niños, en sus siete y más añitos, y a todos ustedes, lectores amigos, que los hay, hayan tenido o no un tranvía de hojalata, una feliz noche del Nacimiento.

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