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La verdad de los que ganan

Lorenzo Madrigal

27 de junio de 2021 - 10:00 p. m.

“La verdad sea dicha”, “la verdad verdadera”, “¿qué es la verdad?”, inquirió Pilatos (ojo, “Pilato”, para los muy cultos de la Comisión de la Verdad), la verdad por aquí, la verdad por allá y otras simulaciones, pero sucede que vivimos sumidos en el imperio de la mentira.

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Qué es la historia si no una gran farsa; se dice que la historia la cuentan los vencedores si se trata de batallas o aun de lides políticas. Los vencidos pierden credibilidad. La historia contada en dos o tres libros de pasta dura son la realidad de lo acontecido y de allí se sacan todas las conclusiones.

Pío XII fue nuncio apostólico en Berlín, se le vio con Hitler en misión diplomática y de ahí se concluye que fue nazi; se pasa a decir que desestimó el holocausto, el que para el mundo fue un hecho conocido y consumado sólo terminada la guerra. “Gómez Laureano”, en pomposa enciclopedia (Santillana, 96) figura como terrorista y prácticamente paramilitar, ¿qué tal eso? De otro nacional, muy cerca se lee: “Gómez Valderrama”, a quien se registra como escritor colombiano omitiéndose su nombre de pila (Pedro), lo que acusa la escasa información de sus fuentes. Deficiencias propias de muchos relatos, así hayan sido escritos en letras góticas los más antiguos, y en discos de computación los más recientes y los que se siguen escribiendo al tenor de lo que a bien tengan los historiógrafos. Para no hablar de la ligereza de las afirmaciones de algunos muy jóvenes escritores de hoy.

Foto: Héctor Osuna

La izquierda como siempre impera. Porque un izquierdista es más libre de pensamiento y está más seguro frente a la crítica. Una paz mal pactada con personajes de esta tendencia política dio ventajas a los enemigos del Estado y fundó Comisiones de la Verdad, con personajes de notable proclividad para dejar ítems inamovibles sobre los hechos recientes. Conceptos que servirán luego como trasfondo a pronunciamientos judiciales.

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Personas de nuestra realidad como Íngrid Betancourt, víctima atroz, si así puede llamarse, es inducida sin resarcimiento alguno al perdón y olvido que beneficie a sus captores; irredenta, se desplaza voluntariamente del país de sus torturas a su otra patria, mientras aquellos ganan fuertes posiciones políticas en Colombia. Terminarán absueltos por la historia, que es asunto distinto de la absolución religiosa, con la que pareciera confundirse, dado que media la presencia de un venerable sacerdote de todos los respetos y afectos nacionales.

¿Qué papel hace Íngrid Betancourt frente a sus captores? El de perdonar si a bien lo tiene, si sobre su corazón, primero pleno de rabia (“la rage au coeur”), ha caído la lluvia del tiempo desalojando odios. Pero la historia seguirá su curso y una corriente partidista no podrá encubrir graves errores y delitos bajo el manto político y casi religioso de una comisión sesgada.

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