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La verdad no es hoy

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Lorenzo Madrigal
14 de agosto de 2023 - 02:05 a. m.
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Ni tampoco fue ayer. La forma como se deshace una idea de cambio —que, más que un cambio, lo que vino siendo fue una sustitución de autoridades— muestra a las claras que lo novedoso es efímero y pasa, como se desprende del término.

Existe un odio por el ayer, en donde va envuelta la historia y toda ella se rechaza, escogiéndose selectivamente algunos pasajes que encajan con los postulados del día. Fue desafortunada —¿lo recuerdan?— la memoria que se trajo de López Pumarejo aparejándolo con Jorge Eliécer Gaitán, para citar un ejemplo tomado de los discursos del presidente orador que nos asiste, y así desfigurando la historia en forma improvisada y alegre. A la manera como Hugo Chávez construyó su propio Bolívar, los jefes políticos del día quieren empezar el relato con su verdad actual que, estamos seguros, tampoco trascenderá.

Sigue el olvido del pasado y no solo el olvido sino el rechazo, el odio, con un sinnúmero de razones que se encuentran para descalificarlo, como si con él no se hubiera construido nada. Es ignorar que el mundo va avanzando por escalones, sin llegar nunca a la perfección, entre otras cosas porque el conocimiento se va desplegando y es insondable el cúmulo de ciencia que aún se ignora, de modo que el presente llegará a parecer ingenuo, risible y principalmente injusto.

El pasado es el respaldo para muchas cosas: para la propiedad, el asentamiento territorial, la tradición por antonomasia, las historias religiosas, la configuración genética y en esto va la ciencia. Creerse en el día uno de la creación y que puede hablársele al oído a Dios sobre cómo han de ser las cosas no es sino vanidad humana.

No deberían despreciarse los viejos textos de historia patria, pues en sus páginas hay mucho talento notable, gente honrada en su manera de interpretar los hechos, que bien pueden ser discutidos con respeto y no alocadamente y en tribuna pública.

Ya se ve cómo la gloria de un gobierno ilusorio se desmorona en segundos, del cual se espera que continúe, pero tropezando por lo que va sabiéndose de sus orígenes, renegado de sí mismo y peligrosamente dispuesto a permanecer por la fuerza apoyado en lo que a su antojo denomina “el pueblo”. Solo que el pueblo hay que contarlo, hay que renovar su respaldo y averiguarlo. Bochinches pueden darse y plazas a medio llenar podrán verse. Gobiernos de balcón son convocatorias a la lucha, al desafío enojoso y provocador. De ninguna manera son caminos hacia la paz y menos hacia lo que quiere llamarse la paz total.

Un dirigente gremial —de la Sociedad de Agricultores (SAC)— en diálogo con el periodista Yamid Amat, quien monitorea la caótica situación del país, ha tenido una elocuente frase al final de su entrevista: una cosa, dice, es la paz total y otra (la que se está consiguiendo, a su juicio) es la inseguridad total.

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