Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Son términos parecidos, casi iguales, pero con una diferencia que trasciende lo semántico y aun lo jurídico. En los discursos con réplica en que terminó convirtiéndose la conversación que adelantaron el expresidente Álvaro Uribe y el presidente de la Comisión de la Verdad, padre Francisco de Roux, S. J., estuvo flotando el sentido diverso de estos dos vocablos.
El austero jesuita, encargado –y realmente encartado– con ese instituto del proceso Santos, aceptó con tono conciliador visitar al expresidente en la casa de Rionegro, para escuchar su versión sobre los hechos del conflicto interno colombiano. El exmandatario se había rehusado a asistir a la sede de la Comisión, por considerarla ilegítima, en cuanto derivada de unos acuerdos que el pueblo colombiano había rechazado enfáticamente en plebiscito.

La reunión se prolongó y llegó el mediodía; venteaba, me imagino, en la fría localidad y fue así como entre el alboroto de toda clase de mascotas se disipó la aclaración acerca de tan aplastante calificativo dado a la Comisión misma de la Verdad: ilegítima. Más adelante y en otro contexto el expresidente afirmó que de todos modos consideraba que el cúmulo de saltos constitucionales que debió dar el proceso había sido legalizado de extrañas maneras y por el constituyente derivado como es el Congreso.
No faltó un apetitoso sancocho, con caldo acilantrado, papas, yuca y plátano guineo, más las infaltables arepas, el cual hizo que se enfriara el acaloramiento de la discusión que empezaba a formarse. El padre permanecía inmutable, no así la comisionada González, llevada por él, como el admirable Leyner Palacios, calmo y sensato. Ellos, al parecer invitados de última hora, intervinieron con autonomía de vuelo, la doctora González afirmando que ninguno tenía más alto rango que el otro y entrando en cruce de palabras con el dueño de casa, poco faltó para que se disolviera el convite.
De la cocina había saltado uno de los hijos de Uribe, o tal vez los dos, enfurecidos en contra de la altiva comisionada, supongo que incómoda desde su izquierda recalcitrante enfrentada a la derecha política. Lo paradójico de la reunión, que tuvo aspectos de juicio, fue que terminara sentada a manteles. Suponemos que luego los adormeció a todos la mencionada ingesta y la satisfacción de obra.
Los ladridos de Lola, una perrita manchada y lanuda, símbolo de la familiaridad del encuentro, quizás los despertaron con la reflexión resultante de tantas lecturas, sobre lo ilegítimo que fue todo lo que se hizo por la paz, comenzando por el irrespeto nada menos que a un plebiscito, pero que fue legal una vez el Gobierno y otros órganos del poder lo autorizaron, sin mayores escrúpulos. Es aquella legalidad formal que no interrumpe el funcionamiento de los Estados y a la cual debe resignarse el derecho.
