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Lleras grafiteado

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Lorenzo Madrigal
14 de marzo de 2016 - 02:00 a. m.
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No he podido entender si los proyectos de billetes nuevos, tantas veces publicados (y los de 100.000 próximos a circular), son un boceto o sketch de lo que irán a ser o son ya los billetes en arte final, sólo que en estilo grafiti, en homenaje tal vez a la vesania y al vandalismo en que hemos ido cayendo en temas de urbanidad y urbanismo. Se sabrá en pocos días.

Los personajes escogidos, y no arbitrariamente porque son de ley, pertenecen, cómo no, al partido y a la tendencia del Congreso que los votó. Raro fuera ver a un Ospina Pérez o a un Miguel Antonio Caro apretado en una billetera o en un recién impreso fajo bancario. No. Allí están Carlos Lleras y otros eminentes jefes liberales; Lleras, por cierto, en un dibujo muy pobre, con ingenuos contornos delineantes.

De López Michelsen se muestra un fotografismo en que se le ve como líder de plaza pública, que muy poco lo fue este profesor de derecho y clubman. Figuran también a Débora Arango, a título de mujer y de pintora moderna, y lo segundo sí que lo fue, aunque siempre dio la impresión de que no supiera dibujar. Total, ella iba por el modernismo.

Con Débora tengo una anécdota personal. No porque la hubiera conocido, pero sí fue conocida de mi madre, quien la tuvo fugazmente en su grupo de discípulas de pintura. Mi madre fue pintora de caballete y academia, oculta y grande en su estilo, de lo que tengo más de una prueba reina en mi casa. Pero, lógico, Débora sólo estuvo una o dos clases con ella y debió renegar de su enseñanza. Una tarde, siendo yo niño y de la mano de mi madre, asistí a una exposición de pinturas de Débora Arango, en Medellín, sin saber por qué me llevaron, siendo aquello para mayores. Por supuesto que nada entendí de ver desnudos femeninos en extraños ángulos y vértices, al lado de obispos caricaturescos.

Arango queda una vez más consagrada como arquetipo de la pintura moderna en Colombia, pero habría otras, yo diría de mejor ver, no más Beatriz González, amada por el Palacio de Nariño, donde se exhiben sus siluetas luminosas, o María Paz Jaramillo, o la muy meritoria Ana Mercedes Hoyos. Pero aquella era contestataria e iconoclasta y, lo que es importante en el corrillo intelectual, antiiglesia.

Contaba mi madre que en su pequeño grupo de principiantes no había por lo general varones y uno que llegó a iniciarse en el óleo se sentó desprevenidamente en la paleta de los colores, debiendo regresar a casa con unos pantalones de mi padre. Hoy en día, aquel fundillo coloreado estaría sujeto a discusión de si debería considerarse arte de libre expresión o vandalismo.

Espero los nuevos billetes como han sido siempre, con dibujos minuciosos y de precisión propia de la numismática y la medallería, y que no nos asusten con los bocetos de pared grafiteada con los que se nos viene anunciando la nueva emisión.

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