SÍMBOLOS COMO LA BANDERA, EL himno o el escudo están ahí para quedarse. Son signos de pertenencia, de identificación con un pasado. Su continuidad es necesaria, como que son la identidad misma, hecha táctil. Orgullosos estandartes con los emblemas de los dioses (Stemma Zeoio) portaban los soldados de Homero.
Estos signos no requieren actualizarse ni ponerse al día. No se les hace mantenimiento. Perderían el sabor de antigüedad, se les iría la pátina, conseguida con una paciencia de años.
Hasta en el comercio, frívolas marcas y patentes se enorgullecen de su pasado y se verían raras si las graficáramos con elementos de hoy. Regresan los viejos símbolos de prestigio. Volvió, por ejemplo, el viejo logo de la marca automoviliaria Ford, no importa que esté en desuso el método caligráfico Palmer. El caminante del Johnnie Walker sigue tan campante con su atuendo dieciochesco. Qué tal figurarlo como un jovenzuelo de hoy. Los ejemplos abundan.
Un pasado honorable enaltece. Más vale contar con él que ser del todo nuevo, y Colombia cuenta con un antiguo blasón ligado a su tradición republicana. Asuntos de coyuntura histórica, como la separación de Panamá, no tienen por qué modificar el sello de nuestra personalidad como país y bien puede el istmo quedarse en los campos del escudo, en recuerdo de su trágica desmembración y de una hermandad de sangre, que permanece.
Fatal sería que tuviéramos que estar cambiando nuestros signos, como cambia la Constitución de 91, sujeta a toda clase de retoques. Tampoco los versos de Núñez, en el himno de Síndici, deben alterarse, no importa que la mujer “vïuda” de hoy no acostumbre arrancarse los cabellos y colgarlos del ciprés. Quiebres románticos y voz respetable, de todos modos, la de don Rafael Núñez.
La música del himno es hermosa y en su letra hay estrofas sublimes; nos tocó como bandera un trío de colores primarios refulgente, que, por cierto, compartimos con los vecinos enojados. Y el escudo, ay, el escudo, con su cóndor (que no digan ahora que se halla en vía de extinción), sus granadas, el gorro de la libertad y de todos modos, el océano partido en dos, para significar la riqueza geográfica de tener dos mares, que nadie nos ha quitado, como tampoco la posibilidad de otro canal.
Más vale dejar las cosas como están. Ya el escudo tuvo algunos resaltes, más que cambios, de la mano del gran fotógrafo y artista gráfico Carlos Duque para fines oficiales. Y si el mapa de las islas, reiteradamente colombianas, ha de reemplazar a Panamá, ¿no tendrían celos los contornos de Atlántico, Chocó, de Antioquia o Tolima?