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No fue posible despedirnos

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Lorenzo Madrigal
14 de diciembre de 2020 - 03:00 a. m.
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Es de no creer que una persona del relieve espiritual de Rodolfo Eduardo de Roux haya culminado su ciclo vital y haya hecho ya el tránsito a la otra dimensión de esta extraña existencia.

Porque el tiempo se fue rápido, como nos parece siempre. Supe del poeta y jesuita De Roux desde cuando oía hablar de él como el bachiller del Colegio Berchmans de Cali que había entregado su brillante juventud a la vida religiosa. A sólo 11 años menos que los suyos, su ejemplo me llegaba por identidad generacional.

Vine a conocerlo personalmente más tarde, cuando ya su poesía había tocado mi espíritu. El poeta y su verso configuraban para mí una especie de “anima suavissima”, como la que redacta un epigrama del Cementerio Central de Bogotá, que siempre me ha conmovido. Su sensibilidad estaba a flor de piel y el sacerdocio dignificaba aún más su personalidad.

Los versos de De Roux, publicados en varias ediciones (yo venero la inicial: Primer Ofertorio, que conservo como un tesoro), son al mismo tiempo líricos y bucólicos. El paisaje más fresco, el aire más puro, que yo también viví de joven por los caminos del Boyacá rural, está impreso literalmente en esas imágenes del incomparable poeta.

Era y es la poesía en sí misma, dirigida a su amigo el paisaje y en él a toda la juventud que reemplazó la nuestra y que se sigue alternando una tras otra. Versos jóvenes, con el aroma de quien por primera vez siente la frescura del “diente de león”, el mismo que pisamos al caminar, bajo el abrigo “del tibio sol sabanero”.

Aprendí sus versos sin proponérmelo, y fue así como, al escribir esta columna nostálgica, no tuve necesidad de buscar entre otros libros los suyos para recordarlo. Nunca han salido de mi mente atribulada, aunque no me crispan como los fatales de mi preferido latino, Horacio, sino que me conectan con los albores de la edad y con la hermandad del aire y del paisaje.

Sé muy bien que la vida de De Roux no la sintetizo fácilmente, aunque para mí es plena como poeta de la naturaleza, compañera nuestra en el trascurso de la vida. Fue teólogo especializado, a tal punto que la seriedad del escriturista y el tinte severo de sus estudios parecieran ajenos a su frescura juvenil y no le permití —y así se lo dije en más de una ocasión, sin que tal vez lo tomara en serio— que modificara una sola frase o palabra de su prístina inspiración. “Usted no me puede borrar lo que yo ya me sé de memoria”.

No sé si el universo poético latino e hispánico reconocerá algún día al más apreciable de sus vates. Por el momento sólo me queda mirar el amanecer de la sabana y, parodiando su poema dedicado al padre Daniel Restrepo, ver que una paloma corta “la luz de la mañana, llevando el sol naciente sobre sus alas blancas”. Murió el amigo y consejero inigualable en la aurora del pasado jueves 3 de diciembre.

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