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Noche de las Velitas

Lorenzo Madrigal

06 de diciembre de 2020 - 10:00 p. m.

Es esta noche. No se trata de ningún Black Monday o Friday o Halloween ni cosa por el estilo, que se haya impuesto en nuestras costumbres, despreciando, según hacen los pueblos sumisos, los valores autóctonos de sus fiestas locales.

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Las velitas tienen un origen remoto (1854 ) y son de clara naturaleza religiosa. Se prenden la víspera de la fiesta de la Virgen, la del 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción, dogma que proclamó el papa Pío Nono, en medio de tremendo alborozo.

La gente hoy no piensa tanto en la Madre de Dios. Ponemos velas en nuestras puertas y ventanas, en nuestros patios, porque son alegres y nos hacen sentir en Navidad, que casualmente comienza con esta noche de espermas y cerillas. Yo mismo, a mis años, me agacho a prender una que otra o a armar alguno de los nada fáciles faroles que se consiguen, conseguían, por ahí. Ahora no salgo.

Es un primer día de Navidad, sin que esta víspera religiosa tenga algo que ver propiamente con el nacimiento de Niño Dios, festejo mundial que es imprescindible aun en países laicos por tradición, no por una forzada letra constitucional. La melodía de Noche de paz se escucha en todos los lugares del mundo.

El pierde de este festejo de velas encendidas es que es al mismo tiempo el escenario del fósforo blanco, esto es, de la pólvora con su peculiar olor, sus incandescentes luces y sus dolorosas tragedias. No habrá pólvora este 7 de diciembre en muchos hogares y lugares, no debe haberla, porque la imposible moderación de su uso ocasiona daños tremendos en los seres humanos y especialmente en los niños. Diría que no tanto en los animales, pues hemos visto cómo estos temen a las tormentas eléctricas, a los estallidos y huyen del fuego.

Hagámosles caso a tantas recomendaciones, esta es una más de escasa eficacia. Cada año hay campañas contra el uso de la pólvora y cada año comienza el mes navideño con un reporte fatal de quemados. Fueron costumbre estos juegos y fuegos artificiales, así como los globos con pretensiones aerostáticas que nunca se sabía dónde caerían apagados o todavía ardiendo.

Tocaré brevemente el tema de la notoria religiosidad del presidente Duque, por la cual ha sido criticado como por todos los aspectos de su personalidad, ya que decidieron odiarlo acerbamente los derrotados del 18, poco acostumbrados a que en elecciones unas son de cal y otras de arena.

Se le ha visto como gran devoto de María Santísima. Y se pudo pensar que lo era, cuando escogió para actos ceremoniales en Casa de Nariño el salón donde se destaca un gran óleo colonial de la Virgen. Luego lo ha confirmado en varias ocasiones y a última hora en los desastres del huracán de Providencia, donde quedó en pie una estatuilla de la Virgen entre todo lo demás derrumbado. Allí el presidente hizo renovación de fe y de afecto por su inefable Patrona.

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