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COLOMBIA SIEMPRE HA ESTADO dividida. Es lo propio de las sociedades políticas. Polarizada es otra cosa, y puede ser el caso de hoy, cuando resulta imposible permanecer en el medio de las opiniones extremas.
Pasó el tiempo de liberales y conservadores, partidos que nunca volverán a ser lo que fueron ni, por fortuna, con la virulencia de su enfrentamiento ancestral. La paz del Frente Nacional, de mediados del siglo, no les gustó a muchos (la paz aburre) y surgió la pugna entre el llamado establecimiento y una izquierda militante, que tomó el camino de la violencia.
El Gobierno actual no se origina en ningún partido tradicional (luce maquillaje liberal y usa prácticas de ultraderecha). El énfasis nacional está puesto contra la criminalidad guerrillera, de un lado, y contra la azarosa y aún más criminal respuesta paramilitar, del otro. Son ahora los polos de división del país. Escisión marcada este año por dos marchas de protesta, una gigantesca en febrero, fruto inmediato de las pruebas de vida de los secuestrados de la guerrilla; y la de marzo, de tinte antiparamilitar, aspecto que pudo haber faltado en la primera, aunque era difícil repetirla, en apenas un mes.
La racha divisionista está en todo. El Gobierno se apartó de las Cortes de Justicia desde un comienzo. Hoy, la Corte se autoseñala amenazada por el Gobierno. Entre el Gobierno y sus partidos, nuevos e improvisados, se coló el ánimo pendenciero: diezmados por el paramilitarismo, la propia Casa de Nariño se ha lanzado contra ellos y los invita a disolverse.
Y la izquierda, ¿cuándo ha estado unida esta tendencia política? Ya se vislumbra la división entre Garzón, el más moderado y seguro candidato, Carlos Gaviria y Petro. Difícilmente se les imagina unidos en las presidenciales de 2010.
Sin ánimo de pelea, los rueda-suelta Mockus, Pardo y Peñalosa están cada cual por su lado “esperando una estrella que vendrá de los cielos a bogar en sus ondas”, como en el verso de José Eustasio. Pero entre continuistas del régimen hay riña montada: Germán Vargas vs. Juan Manuel Santos, hecatombe tal que obligaría a Uribe a sacrificarse y a hacerse reelegir una vez más, sin remover a Pacho, para dejar los santos quietos. Lo que polarizará la opinión entre reeleccionistas y antirreeleccionistas.
En medio de tanto Escila y Caribdis (estrecho paso del mar antiguo), qué difícil es no perecer, atraído por uno cualquiera de dos escollos. Como se caminaba de niño sobre los rieles del tren (hoy, por cierto, desaparecido o pintarrajeado), asimismo hay que jugar al vértigo de los extremismos apasionados.
Desde el diario El Espectador, un saludo a los lectores amigos.
