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Algunos ya no quisieran oír más discursos del presidente, exageradamente frecuentes y transmisores de los mismos sentimientos antipáticos de odio, como si fueran las primeras arengas de cuando la guerrilla conquistó el poder.
Lo escucho por razones periodísticas y me parece muy desordenado. La improvisación es muy propia de los encuentros multitudinarios y acumula no pocas digresiones inoportunas, desviaciones de la intención primera y conclusiones pasmosas. El entusiasmo crece, la voz se torna aguda y remata todo en aplausos, muchas veces programados. Queda un malestar físico, un desasosiego; no son aconsejables estas arengas veintejulieras para la hora de dormir. Otros enardecidos por la voz del orador salen, se diría, a matar a alguien.
Con el odio, la crispación, el gesto iracundo, el entrecejo enconado se buscan efectos hacia la paz y la conciliación. Mal predicador de paz es el presidente, no hay, no habrá paz en sus palabras, el resentimiento se pasea por cualquiera de sus giros oratorios. Él no refleja, quizás, un dolor propio, sus reivindicaciones personales están cumplidas y ha saciado ímpetus de juventud con su pertenencia a organizaciones criminales, donde se potenciaba no la vida sino la muerte, por la cual no se ve obligado a pedir perdón público. Por el contrario, conviene recordar que en fechas trágicas, como fueron las horas cruentas del Palacio de Justicia, se incluyó una anodina celebración religiosa a cargo de la Nunciatura y a modo de conmemorar festivamente un triunfo rebelde.
El otro punto de este discurso, bueno, es el que se puede encontrar apretando el cerebro entre un desorden argumental impresionante (pasar, por ejemplo, de señalar que por una presa de pollo a cambio un soldadote asesina a un ciudadano, a culpar a la más alta dirigencia de tener la intención de asesinar a jóvenes para fines políticos).

Dentro de la interminable discusión en esta materia se ha ignorado siempre que si se les dice “falsos positivos” es porque con una aparente acción eficaz de guerra (que ninguna podría ser la muerte de un ser humano) se engañaba precisamente a los más altos dirigentes, invirtiéndose como nunca la responsabilidad, toda vez que en este caso sería partiendo de la base hacia la autoridad. Subsiste en esta última la responsabilidad política, sin llegarse a pensar que un presidente o un ministro sean directos asesinos, como se ha dicho e impuesto como verdad a la opinión. El presidente orador denuncia, en forma muy velada, una supuesta amenaza en su contra, cuyos autores no le son ni mucho menos ocultos. Etéreas acusaciones que desde el poder van abriendo camino al anuncio de la guerra total, de parte de quien conoce más de belicismo que de evoluciones pacíficas. La paz no está en el juego, es la guerra a la que se le está apuntando.
