Publicidad

Pobres y humildes pajas

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Lorenzo Madrigal
20 de diciembre de 2021 - 05:10 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

El pesebre siempre ha de ser pobre y humilde. Mientras más pobre y destartalado sea el portal o la cabaña del nacimiento, más real nos parece, como si lo hubiéramos conocido; la cabalgadura, que sea un asno de lo peor, un jumento, que sin embargo viene siendo el BMW que transportó a la reina del cielo y a su hijo por nacer, el rey del universo. Y un buey echado, elemental, cansado del arado, rumiando sobre la cabeza del niño.

Lo más sublime de la religión es lo más desechado y humilde: tanto el nacimiento de Cristo como la crucifixión, un patíbulo para malhechores. Tampoco los amigos del nazareno fueron otra cosa que pescadores ajenos a la riqueza y a los conocimientos.

Pobres y humildes pajas
Foto: Héctor Osuna

Por qué, se pregunta uno, la institución que exhibe tanto lujo, oro y piedras preciosas (y no estoy criticando las expresiones artísticas de la fe, la arquitectura y el arte consagrados al Dios que veneramos) fundamenta sus comienzos y la historia sacra en la indigencia y la marginalidad social, cuando no en el oprobio y la peor criminalidad aparente. Cristo vino al mundo a fracasar en lo humano, qué horror es decirlo. Mejor que no me lean pastores de una u otra corriente de fe, pues ponen fácilmente en el piso mis afirmaciones, metido como estoy en tierra movediza.

Queremos la Iglesia como es. Con sus contradicciones y misterios emanados de dogmas que se estiman revelados y cobijados por la infalibilidad. Aunque no todo es dogma de fe; dogmas como tales son pocos, aseguran los especialistas o teólogos. Pienso que, en temas menores, muchos errores introducimos los cristianos en cuanto a realizaciones y prácticas religiosas, y allá cada cual si le parecen respetables, con cuáles puede contemporizar sin comprometerse a fondo, en una sana comprensión. Dicho de esta manera no me regañan ni impongo criterios.

Cuánta alegría nos brinda la Navidad. Qué reposo nos ofrece, aunque ligero y, en esta ocasión, con restricciones mentales. Nos asustan las aglomeraciones, ómicron y otras cepas, que puede haberlas como letras del alfabeto hasta llegar a omega. Es época de no elucubrar. Si somos sencillos, tomemos las cosas por el lado suave (el suave, costeño), miremos con alegría al Divino Niño; si tenemos fe, pidámosle; si no la tenemos, confiemos en la generosidad de los amigos y en la mutua e ingenua felicidad de los regalos. Si somos muy pobres y no nos alcanza para obsequiar, que acepten lo que ofrecemos como si fuera el óbolo de la viuda.

Sabido que la Navidad es de los niños, como se dice siempre y sin convertirnos en populistas, pensemos en los pequeños que no la tienen o la viven de limosna. No arreglamos el mundo con estas frases, pero si al menos a uno o dos de ellos o de ellas les alegramos un poco los días del nacimiento de Cristo, estará muy bien. Y regalemos buen genio, que en el fondo es amor.

Conoce más
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.