No debe ser fácil entrar a un hotel en donde está hospedada una tripulación extranjera y personajes internacionales al igual que mujeres tan protegidas como Piedad Córdoba, recluida en el quinto piso y todo esto en medio de la expectativa nacional por la liberación de diez secuestrados de la guerrilla.
Yo no entiendo cómo pudo alguien, “un desconocido”, saltarse el puesto de guardia, la oficina de admisión, tomar el ascensor y deslizar por debajo de la puerta de la habitación de la señora Córdoba el papelito con las coordenadas, que iban a dirigir los helicópteros brasileños a la zona de rescate, a orillas del Guaviare.
Olímpica, altiva, recién emperifollada, bella y templada en su traje blanco de paz, descendió por el ascensor (¿o se dice descensor?), doña Piedad Córdoba, luciendo su gloriosa inhabilitación por veinte años y consciente de portar en su cartera un secreto inquietante. “Sí, ya tengo las coordenadas”, le contestó al flaco reportero de Caracol, que, aclaro, no era todavía ninguno de los liberados por las Farc.
Antes molestábamos al amigo periodista Hollman Morris de ser dueño casi siempre de esas mediciones secretas. Pero en este caso, al parecer, cualquier chiquillo se atrevió a llevar esa razón numérica y a dejarla en la habitación indicada, a la hora convenida. ¿Uno de los botones?, ¿el repartidor de prensa? No lo creo. Las coordenadas debían hallarse con anticipación en el fondo de un gran bolso de mujer, el de la doctora Piedad, quien dio explicaciones nerviosas al respecto.
Viajaron, pues, los helicópteros brasileños, con sus tripulantes verde oliva y llegaron al sitio, donde, para ninguna sorpresa, ya estaban los reporteros de Telesur, al borde mismo de los acontecimientos. Sus señales geográficas debieron recibirlas no por debajo de ninguna puerta hotelera, sino por vía directa desde un país amigo de la guerrilla colombiana.
La doctora Piedad, dueña absoluta del operativo, ignorada en el discurso presidencial de recibimiento, cumplió con la misión que le confiaban sólo a ella los captores de quienes estuvieron cautivos durante años inclementes. Misión a la que debió acogerse el gobierno.
Del rollizo brazo de Rigoberta Menchú no dudo que la exsenadora colombiana marcha a la candidatura del Nobel de Paz, secuencia probable de los rescates de personas que a ella se deben, principalmente de militares defensores de su país en quienes se ha cebado la inhumanidad de la guerrilla.
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Inamistoso me pareció el trato dado a los familiares de las víctimas liberadas y el encierro policivo a que se les sometió. Los rescatados descendían del helicóptero y eran recibidos por una fuerte mujer, médica militar, como si fueran cayendo, uno tras otro, en un nuevo y transitorio cautiverio. Pero ¿se evitó el show mediático? No se evitó.