ESTE VERBO PRONOMINAL PUEDE ser un neologismo, pero su uso es aceptado para indicar que se ha tomado ventaja, que se han adelantado unas cuantas bases, que una persona se ha colocado en una alta posición de no retorno.
Hay quienes, en la política, aceptan y se quedan en posiciones burocráticas inferiores, pero de repente salta uno sobre los hombros de los demás y se declara aspirante presidencial. Con toda humildad, se considera digno de regir los destinos nacionales y en consecuencia hace una breve campaña, que le dejará un subtítulo noble en su tarjeta de presentación personal: doctor Fulano, ex candidato presidencial.
Ese tal ya no será nombrado secretario ni ministro de Agricultura, ni aspirará a gobernación o alcaldía alguna. Si se le considera para una embajada, será para alguna de las principales (USA, Inglaterra, España, Francia, la Santa Sede…) y, si se trata de una dirección política, encabezará.
En esta hora nacional de candidaturas en cierne, tenemos a los que han ganado en franca lid una posición política protagónica y aquellos que medran tras ellos legítimamente, más los que acabo de mencionar: esto es, los que han conseguido “posicionarse” y son, de la noche a la mañana, presidenciables. Condición que les durará por años y para varias fechas electorales.
Vuelvo a decirlo. Hay presidenciables de mérito y otros que se autoproclaman. De los primeros muchos no llegaron y a veces ni siquiera aspiraron, pero fueron dignos de la preeminencia nacional: ¿no recuerdan a Jaime García Parra, eterno precandidato conservador, mencionado tantas veces por el ex presidente López Michelsen? El mismo Álvaro Gómez nunca llegó, varias veces candidato. Belisario Betancur Cuartas llegó la cuarta vez, como parecía indicarlo su segundo apellido.
Son presidenciables, sin duda, hombres como Rafael Pardo, más nombrable que elegible o el propio Alfonso Gómez Méndez (0,9 % ), de franca estirpe lopo-samperista. Pero esta es época de encuestas y escalonar los porcentajes de la popularidad demanda paciencia y, no menos, algún favor de los dueños de las mediciones, grandes electores (por lo menos el favor de ser incluido en ellas).
No son los mejores los más populares y, en este sentido, pudo dar hombres más apreciables la aristocracia —en sentido platónico— que seleccionaba y entregaba una figura a la población, para ser elegida o rechazada, figura a veces desconocida. Por contraste, la encuestocracia, de apariencia democrática, es a la postre verdadero tropiezo para aspirantes nuevos, a quienes se les niega una primera oportunidad sobre la tierra. Tal vez por eso, algunos resuelven soltar amarras y autoproclamarse.
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Que a nadie con poder se le ocurra ofrecerle a Uribito una embajada de menor rango o algo menos que la vicepresidencia de la República o ministerio distinto del de Interior Defensa o Relaciones. El chaval se ha posicionado.