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Dirá, dentro de sí, el presidente Petro. Primero, el reproche ciudadano, indiscriminado, colmando la Plaza de Bolívar; siguió el tremendo escándalo de la impronunciable institución UNGRD (cuatro consonantes manejando una sola vocal). Vino luego el esfuerzo por aprovechar la fiesta del 1° de mayo y usarla como resarcimiento. Se producen insubsistencias rápidas: dio la apariencia de plata del Gobierno comprando congresistas; un ministro es llamado por la Corte Suprema; y ya “cargado de tigre”, viaja el presidente a la Costa a despotricar contra el Consejo Nacional Electoral (partida de “vagabundos”, les espeta de buenas a primeras), regaña de paso a los propios (“ahí están engargolados y no ponen cuidado”), todo esto insólito en un jefe de Estado y, consciente de lo que dice, se declara dictador. Ahí vamos y hasta la fecha.
Que sea el pueblo el que decida hasta dónde y hasta cuándo rige el período de un gobierno es salirse de los parámetros democráticos, por lo demás olímpica y elocuentemente hablando. Porque ¡qué belleza!, ¡qué tipo!, ¡este sí era!, exclamará el público desde todos los tendidos. Y así no pasara de la mera terminología, el desborde verbal en persona de su categoría fuera tema acusatorio. Perdida está la legitimidad.

Un golpe de Estado blando o áspero como disciplina (rejo de penitencia de los antiguos monjes) se ha infligido el orador gobernante en un instante de su ira. Nadie lo está tumbando, es él mismo quien se flagela, atado a una columna de lamentaciones y el sudor del clima, más el de la azotaina y mal podría saber si el de otro brebaje, saturan de sal su rostro rojizo, de cuello recto.
Por Dios, no hay gobernante. Hay un señor desaforado, generalmente por fuera de la capital, mientras gobiernan por él, en Bogotá y desde el Capitolio, los de saco de paño, ahora sin corbata, conservando aún los usos y las formas de una vieja ciudad que daba y le daban golpes de Estado “chirriadísimos”. ¿Qué hacer y a quién creerle? El presidente, allá; el ministro del Interior, llamado por la Corte; el de Hacienda, con las manos en la cabeza y el de Justicia, tenuemente desautorizado.
Las cámaras debatiendo de toros y el propio mandatario de arrastre. No es de chiste ni yo los hago, como algunos me reclaman, aunque el material se da para especialistas. En cuál nos veríamos de haber ganado Rodolfo (cuyo estado de salud hoy lamento y deseo su recuperación), pero las locuras de este otro candidato, el ganador, nos mantienen en ascuas, ni la economía se mueve, ni la paz se consigue sino la guerra total. La zozobra cunde.
Para mí que el presidente está aburrido. Ya vio las luces del poder y degustó el frío de la Casa de Nariño. Nadie le está dando ni ablandando golpe alguno. Sólo que él anhela la oratoria y prefiere la proclama.
