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Responsabilidades de escritorio

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Lorenzo Madrigal
21 de diciembre de 2020 - 03:00 a. m.
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Demasiado evidente resultó que tan pronto se vio en Sergio Fajardo la carta ganadora contra Gustavo Petro, este y sus afines le lanzaron la atronadora avalancha de Hidroituango y sus cuatro billones.

Cifra que de otra parte ningún humano es capaz de pagar en vida ni varios siglos después de su deceso. Recuerdo al caricaturista venezolano Zapata (el de los famosos “Zapatazos”) cuando en conferencia de aparente compostura fue diciendo que si la deuda pública venezolana —de los viejos tiempos de Carlos Andrés— ascendía a una cifra tal que no se podía ni contar, que, entonces, mucho menos se podía pagar. Con aquella gracia lo dijo, porque hay humoristas que son graciosos, que echamos a reír.

Hombre, es que se les encomiendan misiones a quienes no les corresponde. Qué sabe un matemático puro, tipo Takeuchi san, lamentablemente fallecido, de hidroeléctricas. A un político, así sea asintomático, lo hacen gobernador y encuentra papeles de escritorio con proyectos por ejecutar o en ejecución (como los 439 del ministro Carrasquilla), y hágale, tome decisiones. Qué tal la de desviar la corriente del río Cauca, tremendo caudal natural que puede arrasar con poblaciones enteras.

Siempre me dejan pensando —entre ignaro y atónito— esas hermosas cúpulas de iglesias como la de Guatavita, la vieja, sobreaguando entre una represa, o la descomunal piedra de El Peñol, en Antioquia, a su media altura tapada por el embalse. No se encontró, me pregunto, otro sitio para aprisionar las aguas que destruyendo la vida de los pueblos o de las bellezas naturales. O, lo que es peor, amenazando de por vida la tranquilidad de poblaciones como Valdivia, de primerísimo riesgo, y otras situadas, antes mansamente, a la orilla del azaroso torrente. ¿No vimos toda la furia del Cauca represada por el cemento, nunca suficientemente fuerte, de Hidroituango?

Y llega un gobernador en bicicleta, pacifista y medio descomplicado, matemático puro, casi el gran Takeuchi de la Nacional, a apersonarse de semejante encomienda. Sería irresponsable, creo yo, si no delegara en ingenieros civiles, hidráulicos, de vías y de todo lo demás, aparte de gerentes y supervisores que le reportaran y le informaran. Hay cosas que no puede saberlas un hombre público, querido por las masas, en quien se confía como en el Corazón de Jesús, el auténtico taumaturgo.

Presidentes los hubo ingenieros, Ospina (de minas), Laureano, Barco y qué sé yo, pero no me digan que Alfonso López Pumarejo sabía de ferrocarriles o de corrientes fluviales, ni mucho menos don Marco Fidel, a quien no hicieron renunciar porque se descarrilara el Tren de la Sabana, que no se descarriló, a cargo y buen cuidado del ingeniero don Luis Felipe, operando el viejo Osorio desde su sede de Facatativá.

Dejen en paz a un hombre de escritorio y de ciencias exactas.

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