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Reviviendo mi propia historia

Lorenzo Madrigal

09 de abril de 2023 - 09:05 p. m.

75 años se cumplen desde la muerte por asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, a quien conocí. Lo he dicho mil veces, era de piel cetrina, cabello liso abundante y brillante, al estilo de la época. Yo lo vi, de primero, “allá está, allá está”, “no se perdió la venida” (al edificio Agustín Nieto, en la séptima con 14). Es que esa cabellera, ya que su estatura no destacaba entre los jefes de barrio agolpados, era inconfundible.

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Pero casi se pierde el viaje a su oficina porque el hombre estaba sumamente ocupado. Una señorita muy amable, lo eran todas en el año 48, insistió en que podríamos verlo. Asistíamos tímidos y provincianos, mi tía Elenita (hagan de cuenta Evita Perón, ensoñador que soy), mis dos hermanos, uno era Javier, el principal, dueño de los autógrafos, que iban a completarse con la firma del líder derrotado en el 46, pero listo para acceder al poder en el 50, si las Parcas se lo hubieran permitido.

Esta es la anécdota, ya algo conocida. Gaitán murió el viernes 9 de abril en la Clínica Central, atendido por el doctor Pedro Eliseo Cruz, quien compartía con él horas antes en su oficina. Había llegado moribundo tras cuatro disparos, dos en la espalda. Su gesto de muerte era el mismo de sus discursos de reclamo social.

No fue el gesto o rictus con que yo lo conocí. Y sigo contando, porque tengo tan claro todo aquello en mi memoria. Yo lo vi sonreído con sus grandes dientes desordenados y amarillentos. Su amabilidad era notable. Él, sin duda, amaba la vida; era joven, se discutió mucho si andaba por los 46 o los 50. Yo no dudo que por los 50.

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Lo he pintado varias veces. Uno de mis cuadros lo tiene, en sus magníficas manos, el abogado Enrique Cala Botero. El mismo que vio la hija de Gaitán, Gloria, y aunque dijo ser el segundo mejor que conocía, masculló que Gaitán era más soberbio, “Gaitán”, como ella le dice.

Ahora, al nombrar a Gloria recuerdo que ella mencionaba el Buick de sus recuerdos (varios de esa marca tuvo y le gustaba estrenarlos). Uno de mis primos bogotanos le compró el coupé modelo 41 que ilustra en portada uno de los libros escritos en su memoria.

Curioso, no fui gaitanista. Hoy se menciona su nombre entre gente armada, lo que él nunca propició. Más bien la versión —compartida por Scotland Yard, que vino a Colombia y le robaron el equipo en el aeropuerto— era la de que dirigentes comunistas, con el ánimo de sabotear la Conferencia Panamericana (IX) y estando presente en Colombia George Marshall, le propusieron a Gaitán revolucionar el país. Él no se prestó y la conclusión fue que, asesinándolo a él, otra forma de lucha extremaría aún más las contradicciones. El país, el pueblo tantas veces ahora mencionado, perdió a Jorge Eliécer Gaitán, quien no acusó jamás posturas personales anticlase ni dejó de ser el dandy que llegó de Italia.

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