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Pensando en el poder y pensando en su ejercicio, se les ha ocurrido a no pocos que el presidente actual de Colombia, aunque goza de cabal salud, debería someterse a una revisión técnico-médica. Viéndolo bien, sería lo más prudente en cuanto ha dado visos de ausencias no mentales pero sí físicas, cuando lo han esperado, sin consideración de su parte por los altos mandos militares, otra gente de altísimo rango y no menos respetados gobernantes civiles.
No da trazas el mandatario de dejarse examinar. Alguna razón le asiste: el médico de hoy, muy joven generalmente, no es uno solo, son muchos, a título de especialistas, cada cual sabiendo lo suyo, pero ninguno dando con el mal. En este caso, diagnosticar lo que no le permite al mandatario dejarse ver en persona, fresco y rozagante, en el sitio debido y a la hora convenida. Varios facultativos juntos son como una comisión de donde difícilmente saldrá un concepto seguro para mostrarle a la nación.
Llega un hermano del presidente y narra sin titubeos cuál es el mal que, según él —vaya si con autoridad y conocimiento pleno—, puede estar causando el trastorno. No se duda de sus afirmaciones, provenientes de tal cercanía y testimonio. Claro, no falta quien piense que debe exigírsele a la periodista que interroga una fuente de mayor evidencia. Encaja perfecto el testimonio con el conocimiento que pudo tenerse del hecho en la intimidad familiar y en el afecto recíproco que los dos hermanos, hasta la fecha, han mostrado ante el público.
El familiar ha desdibujado el caso. Parece haberse retractado. No fue un diagnóstico del médico para los dos hermanitos del cuento, sino solo para él, no para el presidente. Vaya, hay otro testimonio pendiente, el del hijo del mandatario, detenido en casa por cárcel. El enredo que se forme aquí y acullá que lo resuelva la justicia, ya que no es tema de estas líneas; vuelvo más bien a la salud del gobernante. De todos modos, la especie de autismo que su hermano le aplicó al presidente (con un nombre rarísimo: ásperger) no inhabilita a nadie, si quiere leer en soledad, fastidiarse con la gente que fastidia, odiar que se le interrumpa a cada paso, y así. Que se cure revisando sus agendas y, mejor, que se las consulten con anticipación oportuna. Y ya.
Presidentes enfermos entre nosotros han sido muy pocos. Muertos en ejercicio, uno, Zaldúa. Núñez no ejercía cuando le sobrevino la muerte. Laureano se retiró a lo que el corazón le avisó y declinó en Urdaneta. Murió más de 10 años después. Sanclemente (Manuel Antonio) bajó a tierras cálidas (me refiero, en vida) mientras Marroquín asumía funciones en Bogotá, de lo poco que había que hacer, y cuadraba endecasílabos (“ jergón, bujía, vejiga, ujier”).
No se quiere desestabilizar al presidente con golpes duros ni blandos. Goce, ojalá, de buena, muy buena salud.

