Quedan muy pocos reminiscentes; son, somos, claro, mayores. Y se va diluyendo la memoria viva de determinados hechos, en este caso nacionales. Hay fechas que se recuerdan por el día del mes, no tanto por el año.
10 de mayo. Amanecía. Si me lo preguntan, yo estaba en un convento (bueno, convento no era, sino una casa de formación jesuítica, a la que había ingresado al día siguiente de cumplir 15 años); vivía en el enorme edificio de Chapinero y desperté aturdido por los pitos de los automóviles: el ta-tata-ta que a partir de ese día se volvió costumbre ciudadana de sucesos que lo merecieran. Había caído Rojas Pinilla.
Fue el gran...
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