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Se olvidó el 10 de mayo

Lorenzo Madrigal

16 de mayo de 2022 - 12:30 a. m.

Quedan muy pocos reminiscentes; son, somos, claro, mayores. Y se va diluyendo la memoria viva de determinados hechos, en este caso nacionales. Hay fechas que se recuerdan por el día del mes, no tanto por el año.

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10 de mayo. Amanecía. Si me lo preguntan, yo estaba en un convento (bueno, convento no era, sino una casa de formación jesuítica, a la que había ingresado al día siguiente de cumplir 15 años); vivía en el enorme edificio de Chapinero y desperté aturdido por los pitos de los automóviles: el ta-tata-ta que a partir de ese día se volvió costumbre ciudadana de sucesos que lo merecieran. Había caído Rojas Pinilla.

Fue el gran momento histórico de Alberto Lleras Camargo, quien ya había sido presidente una primera vez, en reemplazo de López Pumarejo. Era gran jefe de oposición al régimen y venía de reunirse con el depuesto presidente Laureano Gómez, exiliado y enfermo en regiones salubres y costeras de España. Había tenido la insólita decisión de buscar a quien era “coco” del liberalismo, su propio partido, en demostración de haber sido, la de Gómez, no una dictadura de año y medio, como se dijo, sino apenas un gobierno con sesgos dictatoriales, en comparación con la que sí era, en su plenitud, una autocracia de facto, con miras a prolongarse.

Foto: Lorenzo Madrigal

Con Lleras, el gran hombre de Estado que fue, un auténtico Cincinato, conducía la política conservadora el tremendo parlamentario Guillermo León Valencia. Dos hombres de enorme valor civil, que, respaldados por su resonancia pública, fueron dos pilares democráticos para el momento y quienes hicieron y condujeron el Frente Nacional que dio al traste con la dictadura. La conciliación política duró 16 años.

El niño que era yo (me hallaba retirado de la vida pública, ja ja) se había tornado conventual y ya no se enteraba de la política. Como virtual jesuita, no me eran permitidos los apasionamientos mundanos. Ese día, mis padres vinieron a buscarnos (éramos dos los religiosos) en su destartalado Hudson 48, con la intención de recorrer la ciudad y ver en qué paraban las fiestas. Pero no, los jesuitas, salvo mayores, no intervenían en la vida pública.

De hecho, uno de ellos era allegado a la Casa de Nariño —Rojas ya no despachaba en La Carrera— y era al tiempo asesor del cardenal Crisanto Luque, para ese entonces discrepante de la dictadura. Recuerdo que al jesuita le cayeron los improperios de los altos mandos, por haber abandonado la sagrada curia al general gobernante. Oí su relato.

El día transcurrió en calma. Imagino que yo asistí a mis clases, con las que completaba un bachillerato alterno (mi primer título, sin fiesta alguna). Todo lo que supe fue que el exiliado esta vez fue el general. Así pasó mi 10 de mayo de 1957, desde la casona de Chapinero, gran sede del poder jesuítico y de su prevalencia moral.

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