Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Es por lo que ha optado este Gobierno en sus comienzos: mostrarse suave en la forma, lo cual tiene su antítesis, ser fuerte en el fondo o contenido, según el latinajo de Quintiliano (¿?), fortiter in re. Y eso está bien, creo yo, aunque también creo que más temprano que tarde las cosas se irán calentando. Por el momento, el presidente Petro está muy consciente de no saber gobernar, porque no debe ser nada fácil. Apeló a gente avezada y por lo demás muy deseosa de participar en el nuevo Gobierno.
Para los caricaturistas las cosas no andan muy bien, pues su oficio crítico es difícil de ejercer cuando no hay a qué oponerse. Ya van sabiendo los que maltrataron en exceso al anterior jefe de Estado lo que es tragar entero los errores de quienes llegaron al poder y eran antiguos compañeros de lucha.
Tampoco es buen momento para marchar en contra de lo que va a suceder. ¿Por qué no esperar a que suceda? Por supuesto que en las movidas recientes se dio ejemplo de compostura y buena ley, porque los que hoy discrepan y a quienes les correspondería el papel de revoltosos no lo son. Por lo general han sido citadinos acomodados. No es lo mismo tener hambre que no tenerla, entiendo que lo dijo uno de nuestros sabios; bueno, no voy a hacer aquí la apología del hambre y del dolor ajeno, que con frecuencia resulta tan falsa en los predicadores de una revuelta, cuando el dolor se exhibe aquí y el lujo en Miami Beach. Vale.
La tributaria que se ve venir y que les cobrará con rabia a los más acomodados y no se diga a los trabajadores independientes, siempre desamparados de seguridades sociales, está siendo portada y anunciada por la sonrisa amable del ministro de Hacienda, sacado acertadamente del statu quo. La purificación del Ejército y de la Policía se puso a cargo de un hombre severo y confiable, aunque no falta quien lo esté viendo ya como flexible y plegado a las fumarolas del volcán todavía apagado; el mismo que está controlando el gran Alejandro Gaviria, nuevo ministro de Educación, que espera convertirlo en una implosión de riesgo calculado.
La mayor suavidad en la forma ha sido la entrevista que se concedieron el presidente Gustavo Petro y el expresidente Álvaro Uribe, mutuamente, claro que en el palacio presidencial, donde el segundo reinó por ocho años y el primero aspira a gobernar por 12, como se pudo inferir de declaraciones durante la campaña. Gran cordialidad. Uribe ha llegado con el joven senador Miguel Uribe Turbay, el segundo de esta especie racial y política que me encuentro en mi carrera de periodista. Cómo negar que en largos períodos simpaticé con Julio César, el gran jefe y presidente, cuando en forma modosa y suave, pero sin descanso, había ganado su turno para ser presidente, después de un largo servicio a los Lleras y su partido parecía negarle la oportunidad.

