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Un acuerdo entre los mismos

Lorenzo Madrigal

16 de enero de 2023 - 12:00 a. m.

No sigo los partidos de fútbol, salvo me lo exija el periodismo. Me pasa que descubro cuáles son los nuestros porque son los que juegan en su campo o devuelven a su propia portería. Los uniformes no me sirven para identificarlos porque en ocasiones los cambian, como el pico y placa, y queda uno loco.

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Me proponía decir que es indispensable saber quiénes se enfrentan, bien sea para una pelea, tipo box, o para cualquier encuentro deportivo amigable o para un torneo comparativo. En un proceso de paz ocurre lo mismo, generalmente han sido unos los que respetan las reglas, las tradiciones políticas y otros los que irrumpen en contra de lo establecido, también por lo general, haciendo daños irreparables.

Hasta de niños se jugaba —y se juega— dándose nombres para diferenciar quiénes son los unos y quiénes los otros. “Loyola” y “Coímbra”, en recreos muy españoles; cualquier nombre y ya en la infancia remota, el clásico de policías y ladrones, que eran completamente opuestos.

No me van a creer, pero ahora uno no sabe bien quién o por quién se está jugando, en esta cosa tan seria y de adultos, ya algo mayores (¿Gabino murió? ), que en este gobierno han dado en llamar la “Paz Total”.

Si se trataba de reformar lo establecido, cobrar venganzas sociales o reivindicar injusticias, eso ya se estaría cumpliendo a gusto de los insurrectos. El Eme-19 mató en forma cobarde a José Raquel Mercado en época revolucionaria y hoy, para mayor “justicia laboral”, se tiene de ministra del Trabajo a una muy simpática señora, miembro del Partido Comunista.

Y así van pasando las cosas, sólo que por física necesidad de gobierno y por no saber qué es eso, los recién llegados al poder pidieron o aceptaron la colaboración de Gavirias, Pradas y Barreras, probados en esas lides de mando, tan difíciles y burocráticas.

Llegándose a procesos de paz, se enfrenta un gobierno de origen rebelde y caótico, a gente del mismo rasero insurreccional, que se fue quedando en armas de por vida. Se incluye a otros ilegales, aunque no revolucionarios, algunos francamente delincuentes sin otro apelativo posible. Es ésta una melé que no les conviene a quienes ostentan la categoría de delincuentes políticos, especie muy tenida en cuenta por los códigos penales y la filosofía política.

Todo esto configura la equívoca circunstancia de hallarse frente a frente facciones semejantes reclamando por reivindicaciones. Entre gente tan parecida —similia cum similibus— no se construye nada, pues ambas partes destruyeron en su momento las instituciones que hoy se discuten. ¿Quién o quiénes están hoy por la Constitución y las Leyes?

¿Usted está por el Derecho o en contra?, un momento, espere a ver, contesta alguien. Pero es que a mí me cambió el Pico y Placa, hoy soy un gobiernista sin par y represento al presidente. ¡Oh, confusión, oh, caos!

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