Publicidad

Venga, mijo, venga

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Lorenzo Madrigal
20 de febrero de 2023 - 02:05 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Eso que está viendo no es la democracia, le diría un padre a su hijo adolescente, preocupado porque pueda crecer en el error que viene inducido por multitudes incontroladas o precisamente controladas por uno o dos líderes, muy dueños de sí.

Ese estallido de voces al unísono, provocado por la oratoria, esa chispa que recorre los espíritus, ese burbujeo de pasiones no contiene la verdad. Porque no puede ser democracia señalar al parlamento, que se mira cerca, y decir: Me llaman dictador y estoy sometiendo mis decisiones a ese Congreso y, acaso, a la Corte Suprema. Para luego agregar: Pero si lo que propongo fracasa (no es textual) aquí estoy —y hace una pausa oratoria— para lo que ustedes digan. Es, ni más ni menos, el instante en que el orador y presidente se declara dictador, para que no se dude más.

Si sus proyectos se atienden, seguirá como impecable demócrata, y se sabe que el Congreso le es incondicional; de lo contrario, él permanecerá para hacer cumplir sus propósitos, que, a su juicio creativo, son los del pueblo. No hay sustitución en el poder, porque él es el líder, se lo han dicho y se lo ha creído a pie juntillas. Todo el proceso está amparado por la palabra infalible: pueblo. De “pueblo” viene la formación “populismo” y “populismo democrático”, para mayor sarcasmo. Nos hallamos, por lo tanto, en presencia de un Chávez redivivo, aquel que al menos no provino de la violencia secuestradora y cruel, a título de revolucionaria.

Cualquiera puede preguntarse qué esperanza de triunfo electoral o de diálogo plurivalente puede acariciar la oposición democrática. Las dictaduras no tienen diálogos, salvo con otras dictaduras. No se explica en qué momento acalorado la democracia colombiana entregó sus armas al usurpador de los derechos fundamentales. Antes de ser presidente, el que ahora anda en los seis meses de gobierno y se asoma a los balcones de la demagogia predicaba el acuerdo sobre lo fundamental, tomándolo de un líder de la derecha, trabajador muy sereno de la política, con lo cual el populista quiso combinar formas de lucha.

Venga, mijo, venga
Foto: Héctor Osuna

En la parte baja del video se apreciaba un grupo de cabezas humilladas —el orador en lo alto, ya no desde el balcón del Liévano sino del de Casa de Nariño— entre las cuales se podía reconocer a la vieja fauna política, la del llamado establecimiento, y desde luego a los novedosos primera línea y a otros partidarios, sujetos todos al dictamen de quien peroraba, padre y señor, acompañado de su familia. La primera dama y tal vez su hija menor, una muy linda niña, que buscaba asir la mano de su padre, presa del cansancio y presagiando su destino amoroso de cuidarlo, como cada vez que la voz le fallaba en el esfuerzo. Sin nada que ver con el contenido del discurso, la pequeña tocó a quienes la miraban con un sentimiento humano.

Conoce más

Temas recomendados:

El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.