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Esta es frase de Juan Guillermo Ríos. Se recuerda al periodista por ella y fue dicha oportunamente para prevenir el mal genio, que vemos desplegarse en todo su furor y a cada paso. Es una frase dicha por todos y para todos. No contiene mayor originalidad en las palabras, pero ponerla en práctica es de enorme utilidad como un consejo sencillo y escueto para cualquier ocasión.
Fruto quizá de uno de esos momentos de descontrol, fue una expresión salida de labios nada menos que del presidente de la República: se trató de un exabrupto, para aludir a un espantoso asesino. El caso fue que usó alguno de esos términos degradantes que hunden para siempre la dignidad humana (“rata apestosa”, lo llamó).
Es la ira, es el mal genio con que se emiten ciertos dicterios, como el que acabo de contar, apenas similar al proferido contra el expresidente Uribe en el Congreso (“sanguijuela de alcantarilla”). Se habrá arrepentido toda la vida siguiente quien lo dijo, hoy alcaldesa de Bogotá, por semejante insolencia con quien había ocupado el más alto cargo de la Nación.

Se dirá que de un atroz criminal al presidente de una Nación hay alguna distancia. Vaya si la hay. Pero lo humano es en sí mismo una constante. De ahí que se hable de derechos humanos porque es a esta nuda condición, dentro de los seres creados a la que se mira y por la cual se reclama. Sin otra categoría diferenciadora.
Quien ya no tiene razones para merecer el respeto social, aún conserva la calidad de ser la obra principal de la creación y aquel inevitable parecido con todos los demás seres de su especie, que levantan la orgullosa cabeza para el linchamiento moral del semejante.
Dicho lo anterior, y a propósito de nuestro presidente, hoy en renovado periplo, muy a la manera de Turbay, su mentor, pienso que ha caído en algún desorden final. Que disfrute y que por favor regrese y nos cuente por qué llevó tan extensa comitiva, claramente de paseantes por el viejo mundo y Emiratos. Le aceptamos cualquier explicación si se trata de los adorables niños, sus hijos, pero no así en lo relativo al pasaje restante de adjuntos y adjuntas, que anduvieron de temporada, que es al fin de cuentas, un cambio climático. No estaba en la lista, por supuesto, la discreta doña Juliana Márquez Tono, por la cual mantengo una gran admiración y, aunque no se crea, respetuosos y, a mi modo de ver, graciosos dibujos.
Habría que ver por qué se le ha desatado al mandatario, para muchos su bien ganado mandatario del No, birlado por el santismo presumido, un cierto afán de notoriedad, de banderas desplegadas, de decretos exhibidos a lo Trump, de dedo pulgar victorioso y de exclamaciones poco elegantes para el nivel de su investidura. Cómo no que el presidente es también un determinador de justicia, aunque ha de permitir que sean otros los órganos que la definan.
