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9 May 2022 - 5:30 a. m.

Ya sin tapabocas

Y ahora sin amistades. El frío de no verse, de no frecuentarse, de temer al otro, al semejante, porque nos podría transmitir aquello de lo cual queríamos estar incólumes, en una palabra, el aislamiento, ha traído consigo la desolación y la nostalgia.

Ya sin tapabocas
Foto: Lorenzo Madrigal

Aquel amigo de la risa a mandíbula batiente, ligero, brillante y estruendoso, se ha silenciado; no retumba en las paredes de la casa. La amigovia que dejó de llegar por la distancia insoportable; su llana familiaridad se hacía indispensable. El que se dejaba repetir el whisky y dormitaba; la religiosa que traía un mango y una naranja, pero murió, en gracia de Dios; la persona querida que nunca invitamos; los seres muy cercanos que jamás nos visitaron, la visita que irrumpía y nos sorprendía en pijama, a la que atendíamos directamente, perfumados con Farina. Era la euforia, pero al mismo tiempo la monotonía; se marchaban dejando un fresco, un reposo alentador, sí, porque, ¡eh, avemaría!; lo que no quiere decir que no los quisiéramos volver a ver. La pandemia, nombre al cual nos familiarizamos, nos trajo muchos amaneceres sin su risa, sin su juventud, bajo un radiante sol vacío. Mirábamos, estúpidos, al cielo azul, siguiendo por el ruido los aviones llenos de gente esperanzada y nosotros aquí, pandémicos y ahora pospandémicos, pero por fortuna sanos y solitarios. Hemos envejecido; no somos los mismos del espejo de hace tres años; aunque en la pandemia se han ido dos, hemos dejado de cumplir tres años.

Y como si despertáramos de un sueño de temores y muertes contabilizadas a diario por la peste, nos encontramos con un debate de odios, que se confunden con parodias humorísticas, cuando grupos de chistosos portan el ataúd de los contrarios, muertos, al parecer, de la risa. Se cree que en Colombia acostumbramos festejar a la muerte como en algunos pueblos mexicanos, pero no, aquí alusiones a difuntos son verdaderas amenazas. No se sancionan estas expresiones de pesar por los que aún están vivos porque se piensa que es coartar la libre expresión.

No debe haber muertos a la izquierda ni a la derecha ni mucho menos indiscriminados, víctimas de ráfagas atronadoras, que cobran vidas de tan corta edad que ni siquiera han tenido en sus manos un arma de juguete, como lo atestiguan sus madres. Desafueros militares de extrema gravedad cometidos por quienes nos protegen a los unos y a los otros, tropelías que escapan al control de esforzados funcionarios del orden. Las responsabilidades se parcializan: otros pasan sin moción alguna de censura y reciben premios de paz.

Y que se tenga el país, ya a 20 días de la primera definición presidencial, de lo que pueda pasarle con una Registraduría en crisis, como alerta Alberto Casas en su columna de Bocas (sin papel ni tinta impresora. Pesar por la gran revista que hasta ahora ha sido).

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