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No es posible que las sociedades funcionen hoy sin ellas, pero es indispensable e inaplazable acordar unas reglas mínimas para su funcionamiento. Los abusos de y en las redes sociales, potenciados por el apagón de la semana anterior y las denuncias en el Congreso estadounidense, deben hacer reflexionar a nuestros legisladores, a los políticos en todo el mundo y a la ciudadanía sobre la urgente necesidad de actualizar las legislaciones ante los cambios tecnológicos y sus efectos.
No se trata solamente de las diferencias entre intereses individuales de las empresas y el interés colectivo. Debemos reconocer la obsolescencia e indefensión de los sistemas legales y políticos comparados con el poder y la homogeneidad en las estrategias y unidad de mando de estas empresas. De la misma forma que publican y/o censuran contenidos, desarrollan sus estrategias económicas y comerciales. Los Estados, llamados a proteger el interés colectivo, entre tanto, se encuentran fragmentados entre ellos y también en su interior, por el devenir de la política en las sociedades democráticas.
El apagón de Facebook y WhatsApp, ocasionado por daños, sirvió como advertencia sobre el impacto de las redes en la comunicación y la economía hoy. Grandes empresas tienen allí sus sitios de contacto, pero también pequeños negocios y plataformas educativas. Además de los ingresos por publicidad que reciben, el servicio implica, en cualquier caso, el sacrificio de la privacidad de los usuarios, cuyos gustos y costumbres son identificados y comercializados.
Como afirmó el editorial del espectador el pasado 1° de octubre (ver aquí), nos encontramos “a la merced de supra-Estados digitales privados”, lo que no significa su exclusiva responsabilidad. La tecnología no es responsable, pero puede serlo el uso que algunos hagan y los demás permitamos hacer de ella. Siendo los efectos positivos de las redes inconmensurables, no han sido objeto de una adecuada reglamentación.
Es indiscutible que las reglas nacionales habituales no han sido suficientes para controlar los excesos ni la inmensa concentración de poder en manos de empresas como Google, Facebook y Microsoft. Los super-Estados, como la Unión Europea, no son necesariamente autoritarios, pero estas corporaciones, por la fuerza de los hechos y la ausencia de legislación, lo son o han devenido en ello.
Existen acusaciones más graves, como las efectuadas por la exfuncionaria Frances Haugen, según la cual Facebook “usa contenido de odio para mantener a los usuarios enganchados”. De acuerdo con esas declaraciones, la polarización, la división de las sociedades en bandos antagónicos utilizando preferencias, emociones y sentimientos identificados en las redes produce mayores beneficios a las empresas, pero deteriora los sistemas políticos haciendo disfuncionales nuestras democracias, confirmando advertencias realizadas hace años de manera insistente desde esta columna.
La convivencia entre democracia y redes es, en ausencia de reglamentación, cada vez más difícil y trasciende los parámetros del conocimiento y la agregación de datos. Las redes son de gran utilidad en los negocios, en el gobierno, en educación, pero también en los procesos de formación de la opinión en los que se pueden usar para su modelación a conveniencia. Accede a la información solamente quien la pueda pagar, como en el brexit, y ya no es democrática.
El vacío legal y político que las redes han copado no ha pasado inadvertido para sus propietarios, perfectamente conscientes de ello. “Nosotros hemos pedido esas regulaciones durante varios años. He testificado en el Congreso varias veces y les he instado a que actualicen las normas. He escrito artículos de opinión que describen las áreas legislativas que creemos que son las más importantes relacionadas con los procesos electorales, el contenido dañino, la privacidad y la competencia”, ha reconocido Mark Zuckerberg.
La utilización de tecnología como la de algoritmos y fundamentos matemáticos en investigación no puede ser penalizada. ¿Tendrían Pitágoras o Baldor responsabilidad en la construcción de las bombas nucleares que pueden acabar con la humanidad? ¿En la historia del marido engañado tiene responsabilidad el sofá? La “culpa” no es de las redes, se trata de lo que les permitimos. Son necesarios unos mínimos consensos.
