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A propósito de lo ocurrido en Perú, la senadora Cabal y el presidente Petro intercambiaron trinos sobre lo que Petro calificó como “la ansiedad de golpes en nuestra ultraderecha latinoamericana”. Lo sucedido puede verse como un episodio más de la polarización, la misma que puso a Petro en la Presidencia. Pero ya no estamos en campaña y la posición de Petro no lo habilita para estar permanentemente retando y confrontando, como si fuese “cualquiera”. Su función se refiere a gobernar para todos y ejercer su dignidad con dignidad. Se esperan de él consensos, menos retórica y más hechos de gobierno. El panorama internacional e interno es muy complicado para seguir atizando el fuego desde la Presidencia, aunque se trate de una estrategia que lo llevó hasta allí.
Desde los tiempos de Fujimori y luego de Odebrecht, la estabilidad democrática en Perú no se repone. Seis presidentes en el último lustro son un desastroso registro. Una consecuencia de la desinstitucionalización, la pérdida de confianza en las instituciones y el deterioro de los partidos, como viene ocurriendo en Colombia. En el caso de Castillo, quien llegó como se fue, sin comprender que gobernar es diferente a elaborar narrativas y criticar como oficio, la situación empeoró por su propia inexperiencia y la de quienes lo acompañaban. Ganaron las elecciones, pero el ejercicio de gobernar les quedó grande. El sistema de contrapesos, mientras tenga vida, no se modifica porque a algún presidente, aun elegido por mayorías, se le ocurra o le convenga. Por alguna parte, en algún momento, se manifiesta y desfoga.
Lo de Perú no es un caso aislado. Así lo testimonia el preocupante informe para 2022 publicado esta semana por el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral, entidad que realiza un riguroso seguimiento al estado de las democracias. En él se destaca que en los últimos cinco años “la mitad de los gobiernos democráticos del mundo están en declive mientras que los sistemas autoritarios profundizan su represión”. La democracia, confrontada por el autoritarismo, viene perdiendo espacio. Vivimos la época del pos-COVID, la polarización y la desinformación. De acuerdo con su diagnóstico, “los líderes autoritarios populistas intentan cada vez más desmantelar la democracia desde dentro después de haber sido elegidos democráticamente. Estos líderes entienden las frustraciones de las personas y ofrecen soluciones aparentemente fáciles para problemas complejos como la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades. Sin embargo, una vez en el poder, en lugar de ofrecer nuevos contratos sociales inclusivos, promueven lo contrario y debilitan los derechos y las instituciones democráticas clave, como las legislaturas, los tribunales y los órganos electorales”.
El modelo, como se observa, está patentado. ¿Suena conocido? ¿Será una advertencia también para Colombia? No se trata de izquierdas contra derechas, como promueve la polarización, sino del populismo. Desde la derecha, el expresidente Trump inventó la mentira del fraude electoral, promovió el asalto al Capitolio y, apenas la semana pasada, propuso derogar la Constitución en nombre de las mayorías que alguna vez le permitieron triunfar. Desde la izquierda, a Boric se le ocurrió que su narrativa le alcanzaba para crear una nueva Constitución en la que, entre otras cosas y como él creía, debían privilegiarse los derechos de los pueblos indígenas, en la América de 2022, sobre los derechos de los demás, siendo desmentido por la misma opinión que lo eligió y debiendo retractarse apenas a unos meses de su posesión. Los odiosos contrapesos aún funcionan.
En la polarización el canibalismo entre políticos alcanza casi para todo. Para sus protagonistas puede ser rentable temporalmente. En su momento Uribe “graduó” como opositor a Petro con las consecuencias que conocemos. ¿Graduará Petro a la senadora Cabal? En Colombia, hasta que Petro lo hizo, nadie había hablado de golpes, aunque en la competencia de trinos tenga razón al afirmar que “los ejércitos no tienen por qué ser ni fascistas ni comunistas, los ejércitos son de la nación”. Pudo añadir que la democracia no se construye con golpes como el de su amigo Castillo —ni siquiera con la excusa de anticiparse a otro— o los que intenta devolver desde la Presidencia el mismo Petro a la delirante senadora, quien con sus hechos confirma que el actual Gobierno, para infortunio de la democracia y en el mediano plazo de él mismo, ejerce sin oposición.
