La segunda vuelta no ha reflejado una competencia entre programas o propuestas entre dos corrientes políticas o de pensamiento. Se ha convertido en una de denuncias sobre el contrario. Pero iniciar pleitos no califica a nadie para gobernar mejor a Colombia. Más allá de eso ha sido, ante todo, un examen sobre el gobierno que termina y una decisión sobre si Colombia desea prolongar o corregir el rumbo. La principal dificultad de Cepeda no radica en su adversario. Radica en lo que él mismo representa.
Siguiendo a los resultados de la primera vuelta, las encuestas coinciden en anticipar su derrota. El miedo que trató de generar hacía su opositor no le alcanza para ganar. Ha despertado en los decisivos electores de centro, sobrevivientes a la polarización, más rechazo que entusiasmo en una contienda puramente emocional. Cepeda no ha logrado presentarse, simultáneamente, como heredero y como alternativa. Al reivindicar al gobierno, asume sus errores, su mala gestión, la corrupción asociada y su desgaste. Si toma distancia, corre el riesgo de perder su base electoral. Una mayoría le ha visibilizado, desde los trinos del presidente quien sigue ejerciendo como su “jefe” en un proceso que busca elegir a un gobernante y no a alguno de sus subalternos.
El proceso electoral se ha caracterizado por un ambiente más emocional que razonable o empírico en el que se siente el cansancio frente a la confrontación permanente que, al lado de connotados hechos de corrupción y a cambio de logros tangibles, ha caracterizado al gobierno Petro. Muchos ciudadanos parecen anhelar menos sofismas y más gestión; menos discursos y más resultados; menos polarización y más soluciones concretas. Con ese clima de opinión, pese a una intervención del gobierno comprometiendo todas sus capacidades y los medios públicos en la campaña como no se recuerda en la historia de nuestro país, Cepeda perdió y perderá las elecciones.
Al votar, los colombianos están evaluando la gestión y los resultados de Petro. Hacen un balance de promesas y realidades entre las que destacan la crisis del sistema de salud, la inseguridad, una evidente desinstitucionalización y un manejo económico caracterizado por endeudar al país sin cortapisa. Existe un problema conceptual común a Petro y a Cepeda: su propuesta política está centrada en la redistribución de la riqueza sin explicar cómo se genera esa riqueza. La experiencia internacional ha demostrado que ningún país puede endeudarse para siempre Se trata de los límites de la propuesta populista. Hipotecan a los países hasta el límite y más allá en lugar de trabajar y prosperar.
Capítulo aparte merece la llamada “Paz Total”, una política de la cual Cepeda ha sido promotor y defensor a ultranza. Presentada como la gran apuesta para pacificar el país, terminó convertida en una estrategia que otorgó ventajas políticas y militares a grupos armados sin exigir resultados proporcionales para la sociedad. Los colombianos han constatado el fortalecimiento territorial de organizaciones criminales, el incremento de extorsiones, confinamientos, reclutamiento de menores y ataques contra la población civil. Por eso, para muchos electores, la Paz Total es sinónimo de catástrofe.
Finalmente, la democracia exige rendición de cuentas. Los gobernantes deben responder por sus decisiones, sus excesos y sus errores. La sensación que percibe buena parte de la ciudadanía es que el notorio interés de Petro en la continuidad política ofrecida por Cepeda busca “blindar” al actual presidente. Muchos colombianos consideran que Petro necesita un sucesor dispuesto a impedir que se revisen con rigor las actuaciones de su administración.
A ello se suma otra inquietud: Petro seguirá siendo la figura dominante del llamado Pacto Histórico y la pregunta que muchos ciudadanos se hacen es sencilla: si Cepeda llega a la Casa de Nariño, ¿quién tomará realmente las decisiones? No hace justicia calificar como Pacto a una organización en la que una sola persona decide a conveniencia. No existen pactos unipersonales. En una democracia el único jefe del presidente es el pueblo a partir de la ley de mayorías. No un expresidente con ínfulas de caudillo que gobierne desde las sombras. Los colombianos han aprendido, a través de la experiencia latinoamericana, que los proyectos personalistas rara vez abandonan voluntariamente el poder como en el caso de las dictaduras venezolana, nicaragüense o el régimen cubano. Se amañan durante décadas arrastrando a sus países al desastre.
El resultado electoral que se puede anticipar no es consecuencia de las acusaciones de Cepeda sobre su contradictor o el fantasma del uribismo al que invoca permanentemente. Se trata de lo que los ciudadanos tienen más fresco en su memoria emocional: la inseguridad, el deterioro fiscal, la crisis de la salud, los escándalos de corrupción, la confrontación permanente y una Paz Total que prometió pacificar al país consiguiendo el resultado contrario. En ese balance, para la mayoría, como se ha observado en la primera vuelta y en las encuestas, a Cepeda no le alcanza.